El racismo es pecado

3 de Septiembre, 2017

Arzobispo Pablo S. Coakley

Han pasado varias semanas desde que los enfrentamientos violentos en Charlottesville, Virginia, llamaron nuestra atención con renovada urgencia al hecho preocupante del racismo en nuestra sociedad. Estos feos acontecimientos han sido la última manifestación de una herida milenaria en nuestra conciencia nacional causada por el pecado del racismo.

El racismo es una actitud mental y de corazón que rechaza la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Esta igualdad básica está enraizada en nuestra dignidad compartida como personas creadas a imagen y semejanza de Dios. Somos miembros de una familia humana. Dios es el Creador y Padre de todos nosotros. Somos hermanos y hermanas.

El racismo rechaza estas relaciones fundamentales. Es una ofensa contra la solidaridad humana que niega esta igualdad radical y juzga a ciertas personas como inferiores o incluso inhumanas basadas en su ascendencia o color de piel. Obviamente, el racismo tiene consecuencias sociales, pero no es simplemente un problema social. Es un pecado. Es un pecado grave.

El racismo no es ciertamente un pecado exclusivamente americano. Ha estado presente a lo largo de la historia humana en cada cultura. Fue el pecado de racismo expresado en la ideología aria/nazi que llevó a la masacre de millones de judíos y otros a quienes Hitler juzgó inferiores. El racismo nos ciega. Engendra sufrimiento e injusticia indescriptibles. Pero perjudica no sólo a las víctimas de la discriminación y la violencia racistas, sino también a los perpetradores en cuyo corazón el racismo reside como un cáncer maligno que todo lo consume.

No podemos comenzar a abordar un problema hasta que reconozcamos su existencia. Actitudes y comportamientos racistas son dolorosos de reconocer. El racismo seguramente puede contribuir a nuestras actitudes temerarias y desconfianza hacia los inmigrantes hoy en día. Fue evidente en la historia del trato de nuestra nación a los indios americanos. Negar a algún segmento de la familia humana el reconocimiento de su igualdad fundamental e incluso de su humanidad hace más fácil racionalizar toda clase de injusticias.

Los eventos en Charlottesville sacaron a la luz preocupantes expresiones de odio y violencia para que todos los vieran. Destacan el peligro de profundizar las divisiones raciales y la desconfianza en nuestro tiempo. Tales manifestaciones están arraigadas en una historia dolorosa. Reflejan la dificultad de nuestra nación para hacer frente a las heridas y los efectos de la esclavitud y el racismo.

La esclavitud de los africanos que fueron traídos involuntariamente a esta tierra es conocido como el "pecado original" de América. Todavía estamos lidiando con los efectos de ese pecado. Estos son asuntos muy complejos y ciertamente no quiero simplificarlos. Mi propósito es simplemente llamar la atención sobre la realidad del pecado de racismo incrustado en nuestra sociedad y al acecho en nuestros corazones. Tenemos que llamarlo por su nombre.

El 23 de agosto, el cardenal DiNardo, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, anunció el establecimiento de un Comité Ad Hoc contra el Racismo. Su finalidad será comprometer a la Iglesia y a nuestra sociedad a trabajar juntos para desafiar el pecado del racismo, escuchar a los afectados por el racismo, buscar la reconciliación en Cristo y tener la gracia de conocerse y respetarse unos a otros como hermanos y hermanas. Oro para que esta nueva iniciativa produzca buenos frutos a través del arrepentimiento y un compromiso renovado para buscar la sanación y el entendimiento mutuo.