Todos somos inmigrantes que estamos de viaje

25 de Junio, 2017

Arzobispo Pablo S. Coakley

Personas han estado en movimiento desde que los seres humanos habitan la tierra La inmigración es un fenómeno persistente de la historia humana.

¿Por qué es que las personas están en movimiento? A menudo se mueven de un lugar a otro buscando seguridad en tiempo de guerra o disturbios políticos o tal vez en busca de comida en tiempos de hambre, buscando un nuevo modo de vivir en tiempos de dificultades económicas provocadas por cualquier número de factores.

A veces personas se ven obligadas a abandonar sus hogares debido a influencias que escapan de su control (piensen en los esclavos traídos de África a nuestras costas o los indios americanos forzados a retirarse de las tierras ancestrales o los cristianos en Siria e Irak expulsados por la persecución religiosa). Por supuesto, en otras ocasiones personas van voluntariamente en busca de una vida mejor para ellos o para sus familias.

La historia de la salvación también atestigua el hecho de la inmigración. Adán y Eva fueron exiliados del Paraíso por su desobediencia. Abram fue llamado por Dios a abandonar su patria con su familia e ir a una Tierra Prometida, que Dios le mostraría. Los descendientes de Abraham emigraron a Egipto a causa del hambre y sólo fue mucho más tarde que serían rescatados de la servidumbre y llevados por Moisés a recibir una tierra propia. Ellos soportaron el exilio en Babilonia y luego hicieron el viaje de regreso a Jerusalén para reconstruir la ciudad en ruinas y el Templo. María y José fueron obligados a tomar al niño Jesús y huir a Egipto una vez más para escapar de la ira asesina del rey Herodes antes de establecerse finalmente en Nazaret.

Hay un viejo proverbio francés que dice: "Cuantas más cambian las cosas, más permanecen iguales". Uno de los signos obvios de nuestro tiempo son estos movimientos masivos de personas. Hoy en día, debido a la guerra y el hambre, degradación ambiental, pobreza y la falta de seguridad hay más personas en movimiento que en cualquier momento de la historia humana. Por lo general, los factores detrás de estos cambios masivos en la población están estrechamente vinculados. Hoy en día, más refugiados son expulsados de sus hogares debido a la violencia y la extrema pobreza que en cualquier momento desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

La inmigración es un tema político candente hoy en día en los Estados Unidos y en otros lugares. Pero, es más que una cuestión política. Es importante ver los desafíos que plantea la inmigración (legal e ilegal) en su contexto más amplio. En nuestro mundo globalizado, todos estamos conectados. Es irremediablemente miope el reaccionar sólo a los síntomas del problema sin abordar también sus causas. Y, sin duda, son muy complejos.

Es cierto que es difícil ver más allá de nuestra limitada perspectiva sobre asuntos tan complicados; Asuntos que a menudo son muy personales también. ¿Qué marco de referencia podemos utilizar para ayudarnos a abordar los desafíos planteados por la inmigración y la migración con mayor comprensión, sabiduría y compasión?

Hace poco oí una presentación que ofrecía una idea de un marco de referencia más amplio. El orador comenzó en el corazón de la Trinidad. "Tanto amó Dios al mundo que le entrego a su Hijo único" (Juan 3:16). Conocemos bien este versículo. Dios envió a su Hijo a emigrar a un mundo quebrantado y lleno de pecado para redimirnos y traernos de nuevo a casa. Habíamos sido separados y alienados de Dios, y alienados unos de otros, y de nuestro verdadero yo, a causa de nuestros pecados. Toda la creación y la historia humana lleva las cicatrices y la desesperada carga de su propia incapacidad para salvarse. La Palabra de Dios se vació a sí misma, se anonado, volviéndose humana como nosotros y compartiendo nuestra suerte en todos los sentidos, incluso asumiendo la culpa de nuestro pecado y murió por nosotros.

El Hijo de Dios emigró a nuestro mundo para salvarnos de nuestros pecados y conducirnos a nuestra verdadera patria. Dios se hizo hombre para salvarnos. Al convertirse en un ser humano, Dios se convirtió en un emigrante. Todos somos migrantes.

Jesús envía su Espíritu Santo para acompañarnos en el viaje a casa. No sólo somos peregrinos, sino personas migrantes. Todos estamos juntos en esto y el amor de Cristo nos insta a acompañarnos unos a otros. Especialmente debemos acompañar aquellos cuyas cargas son las más pesadas o por lo menos acompañar aquellos que estén más cercanos a nosotros.

Una reflexión más profunda sobre nuestro estatus compartido como inmigrantes que buscamos juntos nuestra auténtica y duradera patria puede darnos una visión útil de las inseguridades y los sufrimientos de nuestros muchos hermanos y hermanas inmigrantes o refugiados.

Puede parecer que los desafíos planteados por la migración masiva de personas en todo el planeta, o la crisis de refugiados en Medio Oriente o los inmigrantes indocumentados aquí en los Estados Unidos estén más allá de nuestra capacidad de abordar o incluso comenzar a comprender. Pero, ciertamente, un buen primer paso es apreciar que todos somos inmigrantes y que cada inmigrante tiene una historia. Necesitamos tomar tiempo para ver las caras humanas detrás del problema y aprender de sus historias.