“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”

Arzobispo Paul S. Coakley         1 de mayo, 2016

Al mirar hacia las próximas ordenaciones en pocas semanas he estado reflexionando sobre el don y el misterio del sacerdocio. Estoy agradecido por cada uno de nuestros sacerdotes. ¡No se pueden imaginar cuan variados son estos hombres en sus dones, talentos y trasfondos! El denominador común en este grupo tan diverso de hombres es simplemente que somos sacerdotes de Jesucristo.

 San Juan María Vianney (1786-1859), conocido como el Cura de Ars, es el santo patrón de los sacerdotes. A primera vista, habría parecido un candidato poco probable para haber recibido esa distinción. Vino de un oscuro pueblo en Francia. No se distinguió por un gran aprendizaje. Su pobre desempeño en el seminario casi impidió su ordenación. No era particularmente dinámico, ni, evidentemente, gran administrador. Pero lo que lo distinguía era su bondad.

 A través de su humildad, santidad y celo apostólico, transformó su parroquia y atrajo a decenas de miles de personas a Cristo. Fue pastor amable y paciente maestro que se preocupaba por los pobres. Amaba la Misa y la celebraba con fidelidad y con respeto. Pero fue sobre todo a través del confesionario que tocó los corazones y se convirtió en un canal de la misericordia y la sanación divina. Las personas acudían a él de toda Francia a confesar y ser absueltos de sus pecados. ¡Pasaba más de quince horas cada día en el confesionario! Su extraordinaria resistencia era en sí misma evidencia de la gracia y el poder de Cristo que actuaba en su vida. El Papa San Juan Pablo II se refirió al Cura de Ars como "prisionero del confesionario."

 San Juan María Vianney, en sus catequesis sobre el sacerdocio, enseñó a sus feligreses, "El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; él mismo no da la absolución; no administra los sacramentos para sí mismo. Él no es para sí mismo, ¡es para ustedes!” 

Todo sacerdote es ordenado para servicio, para edificar el Cuerpo de Cristo. Sin sacerdotes no puede haber Eucaristía, sin Eucaristía no hay Iglesia o misión. El sacerdote es un hombre para los demás. Tal es nuestra alta vocación.

 Es cierto que no siempre se vive a la altura de esa vocación. Nos gustaría ser los primeros en admitirlo. Ninguno de nosotros está libre de pecado. Sin minimizar los defectos y daño que se han hecho por algunos sacerdotes, debemos reconocer que el enemigo de Cristo, el Maligno, desea nada más que traer descredito y deshonra al sacerdocio.

 El Cura de Ars, que vivía en una época muy hostil a la religión y la Iglesia, escribió: "Cuando las personas desean destruir la religión, comienzan atacando a los sacerdotes, porque donde ya no hay cura no hay sacrificio y, cuando ya no hay sacrificio no hay religión”. 

La Iglesia en nuestra época está siendo sometida a pruebas similares. Los cristianos de todo el mundo están siendo perseguidos simplemente porque creen en Jesús y se identifican como cristianos. Cristianos, incluyendo sacerdotes, están siendo difamados e incluso martirizados por su testimonio de Cristo.

 Los invito a rezar por sus sacerdotes cada día y para mostrarles su aprecio y apoyo a su compromiso vitalicio y servicial por Cristo y su Iglesia.

 Nosotros los sacerdotes somos hombres ordinarios con una misión extraordinaria. Llevamos este tesoro en vasos de barro. Es posible defraudar a veces. Es posible frustrar a veces. Pero en lugar de que nos derribe por el chisme y la crítica, rueguen por nosotros, anímenos. Al igual que ustedes somos discípulos en peregrinación.

 Incluso nosotros mismos a menudo no apreciamos adecuadamente el don que se nos ha dado como sacerdotes de Jesucristo. A pesar de nuestra debilidad y falta de mérito, sin embargo, la descripción más fiel del sacerdocio viene de los labios de San Juan María Vianney, que exclamó: "El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús".