La novedad debe ser renovada

Arzobispo Pablo S. Coakley           3 de abril, 2016

“Dios de misericordia infinita,
que reanimas la fe de tu pueblo con el
retorno anual de las fiestas pascuales,
acrecienta en nosotros los dones de tu gracia,
para que comprendamos mejor la inestimable
riqueza del bautismo que nos ha purificado,
del espíritu que nos ha hecho renacer y de la
sangre que nos ha redimido.”
(Colecta del Segundo Domingo de Pascua, Domingo de la Misericordia)

A lo largo de la temporada de Pascua nuevos miembros de la Iglesia reflexionan sobre el significado de su experiencia en la Vigilia de Pascua, cuando fueron plenamente iniciados en el misterio de Cristo y de su Iglesia por el bautismo, confirmación y la Eucaristía. Las oraciones de la liturgia de la Iglesia durante esta temporada pascual expresan nuestra alabanza y gratitud por la novedad de la vida y redención que hemos celebrado durante el Triduo Pascual y que renovamos constantemente en los sacramentos.

"Ahora todo lo hago nuevo" (Ap 21, 5) Durante la temporada de Pascua se celebra una nueva vida, una nueva alianza, y la nueva ley de amor que hemos recibido a través de la muerte y resurrección de Cristo y el derramamiento del Espíritu Santo en nuestros corazones. ¡Somos una nueva creación!

“Sin embargo,” el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda, “la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado” (CIC 1426). Llevamos este tesoro de la vida divina en vasijas de barro.

“No pienses que la renovación de la vida que se produjo una vez por todas al principio es suficiente; la novedad debe ser renovada.” Estas palabras del antiguo escritor cristiano, Orígenes, nos recuerdan que la lucha de la conversión del pecado continúa durante toda la vida.

Por la fe en el Evangelio somos dirigidos por la gracia hacia el bautismo, el lugar principal para la conversión primera y fundamental de la vida. En el bautismo renunciamos al mal y alcanzamos la salvación mediante el perdón de los pecados y el don de la vida nueva en el Espíritu.

Pero la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando con insistencia en los corazones de los cristianos a lo largo de nuestras vidas. La llamada segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia, que, aunque santa, es siempre necesitada de purificación mientras peregrina sin cesar por los caminos de la penitencia y renovación.

Para los cristianos, el pecado sigue siendo una posibilidad, incluso después del bautismo. La conversión continua sigue siendo una necesidad. Pero la conversión no es principalmente nuestro trabajo. Es, en primer lugar, la obra de Dios cuya gracia nos llama al arrepentimiento y nos ofrece su misericordia.

Jesucristo le confió a la Iglesia su ministerio de reconciliar a los pecadores arrepentidos. En el día de su resurrección Jesús se apareció a sus apóstoles diciendo: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.” (Jn. 20: 23).

En cumplimiento de este mandato la Iglesia lleva el ministerio de sanación de Cristo, perdonando y reconciliando a los pecadores a través del Sacramento de la Penitencia. Como el médico divino, Cristo, actúa por medio de su sacerdote ordenado para ofrecer la misericordia, sanando las heridas del pecado y restaurando nuestra comunión, con Dios, con la Iglesia y entre unos y otros; comunión que fue debilitada o destruida por el pecado.

El Sacramento de la Penitencia (reconciliación) es un precioso don que Cristo ha confiado a la Iglesia. El Año Jubilar de la Misericordia y este tiempo de Pascua nos invitan a un renovado aprecio por este precioso e indispensable sacramento de la Divina Misericordia.

Las celebraciones comunales del Sacramento de la Penitencia en la que muchos están acostumbrados a participar durante la Cuaresma y Adviento, aunque muy beneficioso, no agotan nuestra necesidad de este sacramento de la misericordia, ni los beneficios que se pueden derivar de ella. Si estamos luchando para vencer el pecado o devotamente buscando la santidad y la plenitud de la vida cristiana tenemos que hacer buen uso de todos los medios que Dios pone a nuestra disposición para ayudarnos, incluyendo este sacramento.

Cuanto más abrimos el corazón a la divina misericordia a través de nuestro encuentro con Jesucristo en este sacramento, iremos incrementando en nuestra sensibilidad a su presencia en nuestras vidas; más vamos a ser instrumentos de su misericordia en nuestro mundo.

Sólo la experiencia de la misericordia de Dios podrá verdaderamente revelar el misterio del pecado por lo que es: no solamente la ruptura de un precepto externo, pero la ruptura de una relación muy personal con Dios que nos ama más allá de lo que nos podemos imaginar, incluso cuando le hemos dado la espalda. Aunque es posible que se cansen de pedir perdón, ¡Dios nunca se cansa de perdonarnos!