El sacramento de la misericordia

Arzobispo Pablo S. Coakley        20 de marzo, 2016

En el primer domingo de Cuaresma oímos que inmediatamente después de su bautismo, "Jesús fue conducido por el Espíritu Santo al desierto" (Lc 4:1). Por cuarenta días Jesús ayunó, oró y fue tentado por el diablo. En primer lugar, ¿Por qué fue Jesús bautizado?

El bautismo administrado por Juan el Bautista era un acto de arrepentimiento, que comenzaba con una confesión personal de los pecados (Mc 1:5). Los que bajaban al Jordán para ser bautizado por Juan se humillaban. Su acción fue acompañada por la oración sincera pidiendo perdón.

Imagínese la escena: multitudes reunidos "los no lavados" en el Río Jordán, listos para confesar sus pecados. Lo chocante es (incluso a Juan) el ver a Jesús, ¡unirse a las filas de estos hombres y mujeres pecadores! ¿Sería impactante el ver a Jesús a la espera de su turno en las filas de los pecadores en el Jordán o sería más impactante el verlo en una fila para entrar a un confesionario en cualquier iglesia católica un sábado por la tarde?

El bautismo de Jesús en el Jordán nos muestra cuán completamente se identifica con nosotros los pecadores. Jesús, el inocente Cordero de Dios, bajó al Jordán para ser bautizado como un acto de solidaridad con la humanidad pecadora. ¡Su bautismo es una revelación de la misericordia del Padre! Toma los pecados del mundo (entre ellos el mío y el suyo) sobre sí mismo. A medida que se va desarrollando su vida pública y en última instancia lo conduce a su pasión y muerte, el lleva nuestros pecados que terminan clavados con él en la cruz. ¡Tal es la increíble misericordia de Dios!

Cuando Jesús fue criticado por su asociación con los pecadores Él respondió: "Los que están sanos no necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores "(Mc 2, 17). Al no confesar nuestros pecados, nos excluimos de la compañía de Jesús, que era conocido como el "amigo de los pecadores" (Lc 7: 34).

Si Jesús no duda en identificarse con la humanidad pecadora, ¿por qué habríamos nosotros de ser tan reacios a hacerlo? Es sólo en el reconocimiento de nuestros pecados que nos encontramos con la misericordia de Dios. Para nosotros poder participar en el gran Jubileo de la Misericordia, ¡tenemos que tomar nuestro lugar en las filas de la humanidad pecadora!

Nuestras disciplinas de Cuaresma estarían incompletas si no nos llevan al arrepentimiento y a la confesión de nuestros pecados en el Sacramento de la Penitencia. Un cambio duradero en nuestras vidas comienza con un encuentro con Jesús, la cara visible de la misericordia del Padre. Ese encuentro nos invita a examinar nuestras vidas en y a través del lente de la misericordia que hemos recibido y hacer los cambios que nos ayudarán a seguir a Jesús más de cerca.

En los últimos días de Cuaresma y al acercarnos a la Pascua les sugiero que examinemos nuestra apreciación de este sacramento. El Sacramento de la Penitencia es uno de los medios que Jesús le ha confiado a su Iglesia para sanar, reconciliar y ayudarnos a crecer en la santidad.

¿Qué tan bien hacemos uso de este precioso regalo? El Sacramento de la Penitencia no es sólo para la Cuaresma y Adviento. Debería ser una realidad habitual, incluso mensualmente, la práctica como una poderosa ayuda en nuestra lucha para vencer el pecado y vivir como discípulos de Jesús. Hay mucho espacio en la fila del confesionario para cada uno de nosotros. Jesús nos está guardando un lugar.