Venid, adoremos

En uno de nuestros villancicos más queridos cantamos el estribillo alegre, "Venid, adoremos." La Navidad invita a todos los fieles a un renovado espíritu de adoración y asombro ante el misterio que celebramos: el Verbo se ha hecho carne. Dios se ha convertido en un hombre nacido de la Virgen María. Su nombre es Jesús. Él ha nacido para nosotros y para nuestra salvación en el silencio y la pobreza del establo de Belén.

La humildad de Dios que está representada de manera conmovedora en el pesebre evoca asombro y trae a nuestros corazones inquietos al silencio antes de un gran e inesperado regalo. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: "Nadie, pastor o un hombre sabio, puede acercarse a Dios aquí abajo sino arrodillándose ante el pesebre de Belén y adorando a Dios escondido en la debilidad de un niño recién nacido." (CIC 563)

En los hermosos relatos evangélicos de la temporada de Navidad, los ángeles anuncian el nacimiento de Jesús con nuevas de gran gozo. Los pastores, por su parte, glorifican y alaban a Dios por todo lo que tienen el privilegio de ver y oír. La estrella guía los tres hombres sabios que traen sus regalos de lejos y rendir homenaje al Rey recién nacido. José está misteriosa y poderosamente en silencio. Y María reflexiona sobre todas estas cosas en su corazón. El misterio de Belén nos invita a la adoración.

Es significativo que Belén, el lugar del nacimiento de Jesús, significa "casa del pan". Jesús viene a alimentar el mundo, dando a sí mismo por la vida del mundo. Años más tarde se proclama: "Yo soy el pan de vida." Jesús sigue dando a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación cada vez que el misterio pascual se celebra en la Misa. Él continúa para alimentarnos en la Santa Comunión y para habitar entre nosotros realmente presente en el Santísimo Sacramento.

Para los cristianos, Belén es nuestra primera escuela. La escuela de Belén nos invita a aprender la lección de adoración y humildad. Comienza en el pesebre donde María es nuestro maestro. Al meditar con ella el misterio de la Palabra hecha carne, nos encontramos con que nuestra hambre de la Eucaristía y nuestro deseo de encuentro y de adorar a Jesús se profundiza.

A medida que nos sentimos atraídos más profundamente en la amistad con Jesús a través de nuestra participación regular en la Eucaristía, nuestra vida se vuelve eucarística cada vez más. Nuestro encuentro con la Misericordia de Dios nos llena de alegría y gratitud. Descubrimos que lo que hemos recibido como un don tenemos que dar como regalo. Nos convertimos en discípulos misioneros de la misericordia para los demás.

Todos estos misterios convergen muy bien en la liturgia eucarística, la Misa, que es la fuente y cumbre de nuestra vida. Al celebrar el nacimiento de Cristo en esta temporada de Navidad, tenga la seguridad de mis oraciones por ustedes y sus seres queridos a lo largo del año nuevo.