El futuro de matrimonio pende de un hilo

Arzobispo Pablo S. Coakley

 La fascinación reciente en los medios de comunicación con la "transición" de Bruce Jenner en Caitlyn ha puesto de relieve la confusión trágica sobre género y diferencia sexual en la sociedad actual. Arraigado tanto en la ley natural y la revelación divina, nuestra enseñanza católica afirma que los hombres y las mujeres son iguales y diferentes. Juntos son creados a imagen y semejanza de Dios. El hombre y la mujer han sido diseñados por Dios en relación unos con otros para formar una unión conyugal que da a luz hijos. Las consecuencias de esta afirmación son de largo alcance.

La diferencia sexual es esencial para el matrimonio y la crianza de los hijos. Nuestros cuerpos son importantes. No sólo tenemos un cuerpo. Somos un cuerpo. Sin esta base en la diferencia sexual y la complementariedad, no hay límite a lo que el "matrimonio" podría significar.

 

Quizás para cuando salga publicado este número del Sooner Catholic, y ciertamente para finales de junio, la Corte Suprema emitirá su fallo sobre dos cuestiones cruciales relativas a la definición misma del matrimonio. Las preguntas que el tribunal está abordando preguntan si la Decimocuarta Enmienda requiere que un estado otorgue licencia para un "matrimonio" entre dos personas del mismo sexo, y si la misma enmienda le requiere a un estado a reconocer "matrimonios" del mismo sexo que fueron legalmente autorizadas y realizadas en otro estado.

No importa cuál sea el fallo de la corte, no puede cambiar lo que el matrimonio realmente es. Matrimonio por su misma naturaleza sigue siendo la unión de un hombre y una mujer. Es una institución natural que antecede y precede gobiernos y regulación gubernamental.

Cada sociedad ha reconocido que importa la unión sexual del hombre y la mujer porque crea la siguiente generación. Mientras que Jesús elevó el matrimonio cristiano a un sacramento, la complementariedad de los sexos y el significado natural del matrimonio pueden conocerse mediante la razón, incluso sin apelar a las Escrituras.

Gobiernos han mantenido durante mucho tiempo un interés en proteger y preservar el matrimonio. La sociedad necesita una institución que conecte a los niños con sus madres y padres y el matrimonio es la única institución que hace esto. Cada niño tiene una madre y padre y merece ser amado y criado por ellos. Es cierto que hay muchas circunstancias que pueden obstaculizar e impedir esto, pero el matrimonio siempre ha sido la principal forma en que la sociedad protege este derecho de los niños a ser criados por una madre y un padre. Ambos importan. Ambos son irremplazables. Sólo un hombre puede ser padre y sólo una mujer puede ser madre. Un niño no debe ser deliberadamente privado de cualquiera de ellos. Es cierto que hay padres solteros maravillosos y otros que hacen grandes sacrificios para educar a los niños. Ellos merecen nuestro respeto y apoyo. Pero toda sociedad debe afirmar el derecho natural básico de cada niño para venir de y ser criado en un amoroso hogar formado por su propia madre y padre unidos en un matrimonio estable.

La ley es un maestro. Una redefinición del matrimonio en la ley enseña que un sexo es intercambiable con otro y que la madre o el padre son prescindibles como padre. Esto ignora la sabiduría de miles de años de experiencia vivida. Enseña que el matrimonio es lo que adultos que consienten quieran que sea y que estos adultos tienen "derecho" a niños que no concibieron. Esto no sólo es falso, pero no tiene en cuenta lo que es bueno para el niño. Afirmando la definición probada y verdadera del matrimonio no le niega a nadie sus derechos básicos. Más bien, afirma la igual dignidad y complementariedad entre hombres y mujeres y salvaguarda los derechos de los niños.

Los defensores de la llamada "igualdad en el matrimonio" afirman que la definición tradicional del matrimonio discrimina injustamente contra las personas homosexuales. Discriminación injusta siempre está mal. Pero el tratar diferentes cosas de manera diferente no es una discriminación injusta. Proteger el matrimonio es una cuestión de justicia.

Además del efecto devastador que una redefinición del matrimonio tendría en los niños, también son de largo alcance están en juego los asuntos de la libertad religiosa.

Sería cambiar literalmente miles de leyes todas a la vez. Redefinición del matrimonio sería inmediatamente establecer que la enseñanza de la Iglesia y el testimonio sobre el sentido y la santidad del matrimonio están en oposición a la ley de la nación. Esto daría lugar a innumerables conflictos entre el estado y las instituciones religiosas y personas que se adhieren a las enseñanzas de su fe y el juicio de su conciencia.

Tanto pende de un hilo. ¿Qué podemos hacer? Podemos orar y podemos ayunar para la protección del matrimonio y la libertad religiosa. Podemos llegar a ser defensores del matrimonio por nuestro propio testimonio de su santidad y bondad. Podemos hablar de la verdad del matrimonio con paciencia y amabilidad y comprensión. ¿Quién podría haber imaginado que tal sabiduría, de sentido común, sería tan contra-cultural en nuestro tiempo?