Jesús viene en historia, misterio y gloria

10 de diciembre, 2017
Arzobispo Pablo S. Coakley

El tiempo de Adviento nos prepara para recibir a Jesucristo, que viene en historia, misterio y gloria. ¿Qué significa eso?

Jesús de Nazaret es una figura histórica. No es un mito. Durante estas semanas de Adviento que conducen a la Navidad, la mayor parte de nuestra atención se centra en la llegada de Jesús en la historia. Hace más de 2,000 años Jesús nació de la Virgen María en Belén de Judea. Los relatos de su nacimiento se conservan en los Evangelios. La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. El Hijo Eterno del Padre se convirtió verdaderamente en un ser humano. La estadía de Jesús y su misión de salvación entre nosotros comenzó en un tiempo y lugar en particular. El 25 de diciembre, celebramos la Solemnidad de la Natividad, el nacimiento de Jesús en la historia.

El 3 de diciembre, el primer domingo de Adviento, la atención se centró en otro "advenimiento" o venida de Jesús, su segunda venida. Como profesamos en el Credo, creemos que "volverá en gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin". Con respecto a esto, no sabemos ni el día ni la hora. En anticipación de su regreso esperado, nuestra actitud debe ser la vigilancia. Debemos vigilar con expectante espera. Aunque nació en la debilidad humana, regresará en majestad y poder, y su reinado no tendrá fin.

Entre su primera venida en la historia y su regreso en gloria, hay otro "advenimiento", su llegada en el misterio. Jesús viene a nosotros en misterio, especialmente cuando celebramos los sacramentos. ¡Él viene a nosotros velado bajo la apariencia de pan y vino tan a menudo como cada celebración de la Eucaristía!

La fe, la esperanza y el amor nos instan a preparar nuestros corazones para recibirlo dignamente cada vez que recibamos este precioso sacramento. Pero, también viene a nosotros en las Escrituras, especialmente cuando su palabra se proclama en la liturgia o cuando leemos y reflexionamos devotamente sobre su palabra en la Biblia. Él está presente para nosotros en el misterio en nuestros encuentros con los demás, especialmente cuando lo encontramos "en el angustioso disfraz de los pobres", como solía decir Santa Teresa de Calcuta.

En la conocida parábola del juicio final, Jesús nos recuerda que todo lo que hagamos o dejemos de hacer con los más pequeños, se lo hacemos o no se lo hacemos a él (Mateo 25: 31-46). Él está verdadera y misteriosamente presente en nuestros encuentros diarios con los demás, especialmente con los pobres y vulnerables. En esta parábola, se nos recuerda que cada persona que sufre tiene un reclamo sobre nuestro amor y misericordia. Así como Jesús nos ha mostrado misericordia, debemos mostrar misericordia el uno al otro.

El Papa Francisco lo ha convertido en un sello distintivo de su pontificado para destacar la difícil situación de los inmigrantes y refugiados. Estos son sin duda uno de nuestros hermanos y hermanas más pequeños. Obligados por el miedo, la violencia o la necesidad económica de abandonar sus hogares y seres queridos, viven como extranjeros en tierras extranjeras sin seguridad o incluso con los requisitos más básicos de la dignidad humana.

Estos podrían ser cristianos perseguidos de Siria, podrían ser musulmanes Rohingyas en Myanmar o niños de DACA en nuestras parroquias y escuelas. Somos testigos del movimiento más masivo de refugiados y migrantes desde la Segunda Guerra Mundial.

Para nuestra vergüenza, debemos reconocer que la respuesta predeterminada en nuestra sociedad a menudo es politizar la difícil situación de estas personas vulnerables. En lugar de responder con fe a su sufrimiento y reconocer la dignidad de estos hombres, mujeres y niños, primero consideramos las posibles consecuencias políticas de nuestras acciones (o inacciones). Los migrantes y los refugiados no son nuestros enemigos. Ellos son nuestros hermanos y hermanas. Son la misteriosa presencia de Jesús entre nosotros.

Parte de la narración de la Navidad es la difícil situación de la Sagrada Familia que se ve obligada a huir de su tierra natal ante las amenazas asesinas del rey Herodes. Jesús se convirtió en un refugiado vulnerable para restaurarnos a nuestra verdadera patria.

Que este tiempo de Adviento abra nuestras mentes y corazones para recibir la misericordiosa venida de Cristo a nosotros en historia, misterio y gloria.