Fátima después de cien años

14 de Mayo, 2017

Arzobispo Pablo S. Coakley

Hay fechas y eventos que están siempre unidos en nuestros recuerdos. Los mayores recordamos precisamente dónde estábamos cuando escuchamos o tal vez sentíamos lo del atentado del edificio federal Murrah el 19 de abril de 1995 aquí en la ciudad. De manera similar, recuerdo el momento en que oí que le habían disparado a San Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981. Recuerdo vivamente como me conmovió y mi incredulidad.

El atentado contra San Juan Pablo II fue chocante en todo el mundo. Como joven seminarista, ciertamente sacudió mi mundo. No pasó mucho tiempo antes de que alguien señalara que el intento fue hecho en la fiesta de Nuestra Señora de Fátima, exactamente 64 años después de la primera aparición de María a los tres pastorcitos en Portugal. El significado de esa aparente coincidencia no se perdió en San Juan Pablo II. Debería haber muerto. Su asaltante era un asesino entrenado disparando desde sólo unos metros de distancia. Mientras se estaba recuperando de sus heridas, San Juan Pablo comentó: "Una mano disparó y otra guio la bala". Le atribuyó a María el haber salvado su vida ese día. Hoy, esa bala está incrustada como una joya en la corona de la imagen de Nuestra Señora de Fátima en su santuario en Portugal.

En su mensaje para el mundo en 1917, María instó a los tres pastorcitos a rezar el Rosario y a ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores. Entre los "secretos" confiados a los niños, ella proféticamente advirtió sobre el surgimiento del ateo comunismo soviético y su propagación por todo el mundo. Ella advirtió de una pérdida generalizada de la fe en el mundo. El resto del siglo XX verificó claramente la exactitud de las urgentes advertencias de María en Fátima.

San Juan Pablo vio claramente la providencia de Dios en su inesperada elección al papado como un joven cardenal de Polonia, un país católico que había sido brutalmente oprimido a lo largo del siglo, primero por el nazismo de Hitler y luego por el comunismo soviético. Entre las historias verdaderamente notables del siglo XX está el papel central que San Juan Pablo II desempeñó en derribar el comunismo soviético, primero en Polonia y después en todo el bloque soviético.

Desde el principio hasta el final, fue una batalla espiritual, no meramente geopolítica. Se veía a sí mismo como un instrumento de la Virgen María. Él se hizo a sí mismo devoto y siervo de ella, como lo demuestra su lema "Totus Tuus", totalmente tuyo.

Este año, domingo 13 de mayo, se conmemora el centenario de la primera serie de apariciones marianas que se iniciaron en Fátima, Portugal, el 13 de mayo y continuó hasta el 13 de octubre de 1917.

Fátima se ha convertido en uno de los destinos de peregrinación católica más queridos y populares del mundo. Ha sido visitado por fieles de todo el planeta y por varios papas, entre ellos San Juan Pablo II que regresó el año después de sobrevivir al intento de asesinato para agradecer a la Virgen María por preservar su vida.

Este año, el Papa Francisco visita Fátima en el centenario de la primera aparición para presidir los actos del centenario y canonizar a dos de los tres pastorcitos, Francisco y Jacinta Marto, a quienes la Virgen María se les apareció en 1917. Francisco, 11, y Jacinta, 10, en el momento de su muerte, son los niños no mártires más jóvenes que han sido beatificados por la Iglesia.

Cien años después, el mensaje de Fátima es tan relevante hoy como siempre. Aunque el bloque soviético ha caído, el comunismo ateísta todavía representa una amenaza global a través de las crecientes tensiones a lo largo de la zona de demarcación, separando a Corea del Norte y Corea del Sur. Otras ideologías peligrosas, como el extremismo islámico radical, el consumismo materialista egoísta y el racismo que teme al miedo continúan amenazando la dignidad humana y el florecimiento humano en nuestro mundo de hoy.

María nos convoca a la oración y al sacrificio. Ella nos convoca a una conversión más profunda y a orar por la conversión de aquellos que están paralizados por la indiferencia, cegados por el odio y por las mentiras propuestos por el maligno. El campo de batalla no es primordialmente geopolítico, sino espiritual. Se está librando en cada corazón humano. María nos señala siempre a Jesús, que es el camino, la verdad y la vida.