Nuestro viaje Cuaresmal

19 de marzo, 2017

Arzobispo Pablo S. Coakley

Cada año, en Miércoles de Ceniza, la Iglesia comienza su viaje cuaresmal anual. Ya estamos en camino. La Cuaresma nos recuerda los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto después de su bautismo en el Jordán al comienzo de su ministerio público. Durante esos días Jesús oró, ayunó y fue probado. En estos cuarenta días de Cuaresma entramos en el mismo espíritu de oración, penitencia y caridad para prepararnos a celebrar, con renovadas mentes y corazones, el misterio salvador de nuestra Redención: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

La Cuaresma nos conduce por etapas a la celebración del Triduo Sagrado que comienza el Jueves Santo y culmina el Domingo de Pascua. Estos días sagrados son el corazón, el centro, del calendario litúrgico de la Iglesia.

El momento culminante de nuestra experiencia Cuaresmal tiene lugar durante la noche del Sábado Santo en la Vigilia Pascual, cuando los Electos de la Iglesia son bautizados en la muerte y resurrección salvadora de Cristo. En esa misma liturgia aquellos de nosotros ya bautizados y preparados por nuestra disciplina Cuaresmal también proclamamos y renovamos solemnemente los compromisos de nuestra fe bautismal.

El vínculo entre Cuaresma y Bautismo es tan fuerte como antigua. La práctica de inscribir a los que se preparan para el Bautismo durante el Rito de Elección en la Catedral en el primer domingo de Cuaresma es un elemento del catecumenado restaurado que destaca la conexión histórica entre el bautismo y la época de Cuaresma.

En la mayoría de los casos la práctica de la Iglesia Católica es bautizar durante la infancia. La práctica del bautismo infantil enfatiza que la fe es un don. No hemos hecho nada para ganar o hacernos dignos del perdón de los pecados o la adopción divina como hijos de Dios. Sin embargo, estos efectos del bautismo son puramente don de Dios para nosotros. Dios nos ha elegido simplemente porque nos ama. Es pura misericordia. Es gracia.

El bautismo es el umbral de una nueva vida. Bautizados en la muerte de Cristo, resucitamos con él en victoria. Hechos hijos de Dios por adopción a través de las aguas salvadoras del Bautismo, y el don del Espíritu Santo, somos incorporados a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. El Bautismo nos capacita para recibir los demás sacramentos de la Iglesia que nos ayudan a crecer y madurar hasta alcanzar la plena madurez en Cristo y asumir nuestras responsabilidades para la misión y servicio que nos ha confiado la Iglesia. Debemos ser luz del mundo y sal de la tierra.

A través del Bautismo morimos a la vida de pecado, para vivir en y para Cristo. Pero la carne, es decir, nuestra naturaleza humana herida, no renuncia fácilmente a su dominio. Se necesita toda una vida para abrazar plenamente nuestra alta vocación y ponernos "la mente de Cristo", es decir, pensar, juzgar y actuar como Jesús.

La disciplina Cuaresmal nos va educando a través de la oración, penitencia y limosna, y el celebrar la Palabra de Dios, a crecer diariamente en la fe y santidad. La Cuaresma nos da la oportunidad a renovar nuestra gratitud por la nueva vida comprada para nosotros a tan alto precio para que podamos ser mejores administradores de los dones recibidos en el Bautismo.