Conversión y Misión

Cuaresma es la época cuando la insistente llamada a la conversión resuena poderosamente a través de las Escrituras, oraciones y cantos de la liturgia de la Iglesia. Es un tiempo de gracia y renovación. Recientemente me conmovió profundamente la fe de los 800 o más personas que participaron en las tres celebraciones del Rito de Elección en la Catedral de Nuestra Señora. Son hombres y mujeres que están respondiendo a la llamada del Señor a la conversión y que se preparan para entrar a la Iglesia en la Vigilia de Pascua. Son un signo para toda la Iglesia de las  continuas labores del Señor entre nosotros.

Durante el tiempo de Cuaresma Jesús nos invita a cada uno de nosotros al arrepentimiento y a creer. La conversión no es un evento de una sola vez. Es un proceso de toda la vida que nos va llevando a profundizar cada vez más en el Misterio de Cristo quien nos revela y comparte el amor del Padre por nosotros en su muerte y resurrección.

El camino de la conversión nos hace participar en el Corazón de Cristo. Pero, precisamente, es este espacio interior que también nos mueve hacia el exterior para compartir la buena nueva con los demás. Esta es la tarea de la evangelización. Es nuestra tarea como discípulos misioneros el compartir con los demás lo que hemos recibido. Como el Papa Francisco escribe en La Alegría del Evangelio: “En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de «salida» que Dios quiere provocar en los creyentes…  Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.” (20)

 

Abraham, nuestro padre en la fe, fue el primero en recibir esa llamada, como hemos escuchado en la primera lectura de las Escrituras del Segundo Domingo de Cuaresma: “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una gran nación… En ti serán bendecidas todas las razas de la tierra.” (Gen 12:1-4)

Abraham fue llamado a dejar a tras su comodidad, así también cada uno de nosotros. ¿Cuáles son las comodidades que necesitamos dejar a tras? La semana pasada estuve en Guymon para celebrar la Santa Misa y el Sacramento de la Confirmación. Me llamó la atención la diversidad étnica de la comunidad parroquial. La promesa a Abraham se está cumpliendo de manera espectacular en esa comunidad, un microcosmos de nuestra Arquidiócesis y de la Iglesia entera. La Iglesia es una comunidad de muchas naciones, lenguas, razas y pueblos que están unidos por una fe común en Jesucristo y su Evangelio de salvación. El Padre Wheelahan, párroco de la Iglesia de San Pedro Apóstol en Guymon me dijo que hay veintiséis lenguas que se hablan en esa ciudad del extremo noroeste de Oklahoma. La parroquia es servida por un sacerdote de la India, otro de Colombia y uno de Oklahoma. Los dos idiomas principales de la parroquia son inglés y español, pero también hay una comunidad importante de Guatemala y algunos de sus miembros sólo hablan quiché, su lengua nativa lengua mayense.  

A pesar de los desafíos, de hecho, el desorden, que todas estas diferencias implican, la parroquia está floreciendo. La comunidad no ha bebido del veneno mortal que convence a tantos a resistirse y no adaptarse a los nuevos desafíos, diciendo: "Pero siempre hemos hecho de esta manera." La parroquia está floreciendo debido a que la conversión que se está llevando a cabo en esa parroquia, como en muchas otras parroquias y comunidades, es lo que Papa Francisco llama una "conversión pastoral”.  Es el deseo y la disponibilidad de examinar y adaptar las formas en que estamos dispuestos a servir a las necesidades de aquellos a quienes somos enviados a servir. Conversión pastoral tiene que acompañar la conversión personal, si queremos ser eficaces como discípulos misioneros, es decir, si hemos de vivir nuestra mandato del Evangelio: Vayan y Hagan Discípulos.

El Santo Padre escribe en La Alegría del Evangelio, “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad.” (27)