Una Doble Canonización para la Iglesia

Parece sin precedentes hoy que el Papa Francisco tan rápidamente ha sido ungido con el estatus de "estrella de rock", el galardón más importante que nuestra cultura popular concede a sus héroes. Ya durante el primer año de su pontificado su imagen sonriente e humilde ha aparecido en la portada de Time, Esquire y otras revistas seculares. ¡Él es sin duda el primer Papa de tener su foto en la portada de la revista Rolling Stone! Ha sido descrito como Superman por un artista de grafiti en las calles de Roma. El Santo Padre ignora sabiamente este tipo de aclamación popular. ¡Él sabe que probable desaparezca tan rápidamente como el rocío de la mañana! 

Pero el 27 de abril, Domingo de la Divina Misericordia, el Papa Francisco presidirá en la doble canonización de dos de sus predecesores que cada uno a su tiempo se ganó el corazón y disparó la imaginación de la Iglesia y del mundo en general. Ellos se están ofreciendo a la Iglesia y al mundo no como "estrellas de rock", pero como santos. A través de la canonización de San Juan Pablo II y San Juan XXIII, el Papa Francisco está afirmando el tipo de cualidades humanas y cristianas que como valores universales perduran, de hecho son valores eternos. 

Canonización es un acto jurídico del Papa como Vicario de Cristo, declarando que la persona canonizada esta, de hecho, en el cielo. A raíz de una investigación rigurosa en la santidad de sus vidas, la solidez de su enseñanza y testimonio, y el poder de su intercesión celestial, aquellos que son canonizados son reconocidos para ser dignos de nuestra veneración, ya que son de hecho los amigos de Cristo. Sus vidas apuntan a Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida.

 

La ya próxima doble canonización en Roma eleva a los altares dos de los más grandes papas del siglo XX y de toda la era moderna: al Papa Juan XXIII y al Papa Juan Pablo II. 

El Cardenal Angelo Roncalli, Patriarca de Venecia, fue elegido a la Sede de Pedro en 1958 a una edad ya avanzada. Escogió el nombre de Juan XXIII. Se esperaba que su papado fuera solo para ocupar el lugar titular por poco tiempo ya que la Iglesia acababa de enterrar a un Papa que había servido durante casi veinte años en el crisol de una guerra mundial y sus desafiantes secuelas. En cambio, el Buen Papa Juan, como le llamaban cariñosamente por su amabilidad y frecuentes visitas a las cárceles de Roma, sacudió a la Iglesia y al mundo pidiendo un concilio ecuménico. Él abrió el Concilio Vaticano II en 1962 orando por un nuevo Pentecostés para renovar la Iglesia y situarla donde podría llevar a cabo su misión más eficazmente en el mundo moderno.

El Papa Juan Pablo II fue elegido a la Sede de Pedro en 1978 después del pontificado de 33 días del Papa Juan Pablo I. Si la repentina muerte de su predecesor no fuera lo suficientemente impactante el Cardenal Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia, fue el primer no italiano elegido al papado en más de 450 años. Su papado no sería como lo de siempre. Su largo pontificado de 27 años le permitió aplicar plenamente las reformas y proporcionar una interpretación autorizada de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en los que participó como joven obispo de Polonia. Bajo su liderazgo, la Iglesia renueva su espíritu evangélico al responder a su llamado insistente a una Nueva Evangelización. Hizo hincapié en repetidas ocasiones a la doctrina conciliar sobre la llamada universal a la santidad al canonizar a un número sin precedentes de hombres y mujeres de todas partes del mundo como modelos de santidad para todos los fieles. Él hizo del papado un fenómeno verdaderamente global viajando por el mundo en sus frecuentes visitas pastorales y convocando a jóvenes para reuniones evangélicas notablemente exitosas que conocemos hoy día como Jornada Mundial de la Juventud. Estas visitas se convirtieron en la ocasión de algunas de las aglomeraciones más grandes de toda la historia humana. Su extraordinario carisma, fuerza moral y profunda fe en el poder liberador de la verdad proveyeron el catalizador que llevó a la caída del comunismo en su nativa Polonia y a través de Europa oriental y la Unión Soviética. 

La vida de cada uno de estos hombres tiene una fuerte resonancia personal para mí. El Papa Juan XXIII fue el primer papa que recuerdo. Murió en mi octavo cumpleaños el 3 de junio de 1963. Me acuerdo de ese día; y crecí en la sombra del Concilio Vaticano II, que él inauguró. El Papa Juan Pablo II se convirtió en Papa el otoño en que comencé en el seminario en 1978. Él fue el Papa que me inspiró durante mi formación en el seminario, y toda mi vida como sacerdote. Él realmente se convirtió en mi héroe mientras le miraba, escuchaba y aprendía de él. Finalmente me nombró obispo y tuve el privilegio de conocerlo el Día de Acción de Gracias en 2004 unos meses antes de su muerte.

Muchos de los que leen esto tendrán sus propios recuerdos de estos dos pastores sagrados, estos nuevos santos de la Iglesia. Ya sea que los recordamos o no, el Papa Francisco nos ofrece sus vidas como dignos de veneración e imitación. Los santos son un recordatorio de que cada uno de nosotros, en virtud de nuestro Bautismo, estamos llamados a ser santos. ¡Que así sea! ¡Santos Juan XXIII y Juan Pablo II, rogad por nosotros!