Las vocaciones florecen mejor cuando se nutren en casa

Este año la celebración anual del Domingo del Buen Pastor tendrá una especial resonancia y esplendor. Esto viene a raíz de la canonización de dos muy buenos pastores, San Juan Pablo II y San Juan XXIII. También coincidirá este año con el Día de las Madres.

El Domingo del Buen Pastor se celebra el cuarto domingo de Pascua, porque el Evangelio de ese domingo presenta a Jesús como el Buen Pastor, que "da su vida por sus ovejas." La Iglesia en el mundo entero observa cada año este día como la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Oramos de una manera particular por las vocaciones al sacerdocio; por los buenos pastores. Oramos por nuestros seminaristas. Oramos para que Dios continúe llamando de entre nosotros a muchos más hombres jóvenes con corazones generosos que están dispuestos a convertirse en siervos formados por la mente y el corazón de Cristo.

La semilla de toda vocación arraiga y florece con mayor eficacia en el suelo fértil de la familia cristiana. Un hogar amoroso en el que los padres tomen en serio su responsabilidad como primeros educadores de sus hijos ofrece la mejor configuración para la transmisión de la fe, para la formación en la virtud y el discernimiento de una vocación. Mientras que toda la comunidad cristiana tiene la responsabilidad de cultivar y orar por las vocaciones, la familia es el seminario ideal, o "semillero" para cultivar y fomentar este regalo.

Este Día de las Madres, mientras se observa la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, estoy particularmente consciente del papel importante que mi propia madre tuvo en mi vocación. Nuestra familia no era extraordinaria de ninguna manera. Éramos católicos muy ordinarios. Recuerdo haber aprendiendo mis oraciones de rodillas junto a mi cama como un niño pequeño con mi mamá y mi papá. Asistíamos a misa todos los domingos y nuestros padres eran activos en actividades y organizaciones de la iglesia de vez en cuando. Más allá de eso, no había nada especial en nuestra práctica religiosa. Pero fue mi madre quien de vez en cuando hacia la pregunta, "¿Alguna vez has pensado en ser sacerdote?" Honestamente, siendo un adolescente era la última pregunta que quería considerar. Siempre encontraba una manera de cambiar de tema rápidamente. Pero una vez que la semilla había sido sembrada, se mantuvo en lo más recóndito de mi mente hasta que otros eventos y circunstancias hicieron que fuera muy difícil de evitarla por más tiempo.  

Creo que mi madre siempre se identifico con Santa Mónica, que derramó muchas lágrimas y oró sin cesar por la conversión de su hijo descarriado. Su hijo era San Agustín, y eso le dio a mi madre una gran esperanza mientras continuaba orando por mí.

En este Día de las Madres voy a agradecer una vez más a Dios por mi querida madre y su papel especial en la transmisión del don de la fe en nuestra casa y abrir mi corazón al don de mi vocación a través de su oración, aliento y amor paciente.  

Cada vocación es un don precioso de Dios. Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre. Él nos llama a cada uno de nosotros a ser santos. Él nos llama a cada uno de nosotros a caminar por un camino particular que nos llevará a nuestra santificación y que dará un enfoque concreto para nuestra misión. La mayoría son llamados al matrimonio; otros al sacerdocio o a la vida consagrada. Toda vocación cristiana es una vocación de amar y servir. Cualquiera que sea nuestra vocación es nuestra responsabilidad de ser buenos administradores de este don. Al igual que todas las bendiciones de Dios, es un don que debe ser recibido con gratitud y cuidadosamente cultivado.