Será Llamado Príncipe de la Paz

"¡Gloria a Dios en las alturas! Y en la tierra, paz a los hombres amados por él." (Lc 2, 14). El anuncio angélico del don de la paz, dado en Cristo, anuncia el cumplimiento de las promesas mesiánicas apreciados a través de los tiempos por el pueblo elegido de Dios: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado… y se le da por nombre:… Príncipe de la paz”. (Is 9, 5)

El misterio de la Navidad celebra el regalo de la paz de Dios. La paz ha descendido del cielo a la tierra. El Verbo se ha hecho carne. Dios está con nosotros. El orden querido por Dios para su creación está finalmente realizado en la persona de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo de María. Esta profunda comunión entre Dios y el hombre es la fuente de la verdadera paz y la reconciliación en nuestro mundo.

La paz de Cristo es el fruto de la presencia del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones. Esta profunda experiencia de una paz que el mundo no puede dar, es el resultado de ser reconciliados con Dios y en buena relación con los demás.

¿Dónde está esa paz hoy? Ciertamente, el desafío de la paz es el desafío urgente de nuestros tiempos. Al igual que en los días de Jeremías nos lamentamos con razón, "Se esperaba la paz ¡y no hay nada bueno...! el tiempo de la curación, ¡y sobrevino el espanto!" (Jer 8, 15). En lugar de la paz que nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de máxima alerta debido a la continua amenaza de ataques terroristas en el país y en el extranjero. Tropas estadounidenses aún están desplegadas en Afganistán como un recordatorio persistente de las condiciones que llevaron a la tragedia del 11 de septiembre (9/11). La inestabilidad amenaza con abrumar a todo el Medio Oriente. Hay nuevas atrocidades estallando en todo el mundo, la más reciente en la República Centroafricana. Actos de violencia sin sentido se han vuelto demasiado comunes en nuestras escuelas y comunidades. En efecto, ¿dónde está la paz y cómo se puede lograr?

Que este don de la paz todavía no se ha realizado plenamente en la tierra es un recordatorio de que tenemos que seguir abriendo nuestros corazones y permitir que la paz de Cristo se arraigue y florezca. La paz en nuestro mundo comienza con la voluntad de entrar en una relación personal con Jesús, el Príncipe de la Paz. A pesar de que el nacimiento de Cristo se produjo en un lugar apartado del lugar camino cerca de Belén y fue presenciado sólo por unos pastores, el nacimiento de la paz en nuestro mundo comienza en los rincones ocultos de nuestro corazón. Es aquí donde le damos la bienvenida a Cristo en la fe y Él nos comunica su paz.

 

La enseñanza del Concilio Vaticano II nos recuerda una verdad importante. “La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia. Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo." (GS 78 ).

En las bienaventuranzas Jesús proclama bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Él proclama bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 6 y 9). Cuanto más le damos la bienvenida a la paz de Cristo en nuestros corazones, más nuestros corazones arderán por la justicia, y más apasionado estaremos por la paz en nuestro mundo.

Es especialmente a través de la oración que le damos la bienvenida y recibimos la paz de Cristo. En su Carta Apostólica sobre el Santo Rosario, el Beato Juan Pablo II recomendó el Rosario como una oración efectiva para la paz, ya que conduce a la contemplación amorosa de Cristo a través de los ojos de María. “Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida." (40). Centrando nuestros ojos en Cristo, meditando en sus misterios , ponderando sus enseñanzas, comprometiéndonos a vivir como sus discípulos, no puede dejar de hacernos promotores de la paz en el mundo.

Al celebrar el nacimiento de Cristo en Navidad y guardar el precepto del 1 de enero, tanto en la Solemnidad de María, Madre de Dios como en la Jornada Mundial de Oración por la Paz, yo los exhorto a que se vuelvan a comprometer a orar por la paz - la paz en nuestro mundo, la paz en nuestros hogares y comunidades, la paz en nuestros corazones. Recomiendo el rezo diario del Rosario por esta intención particular, especialmente entre las familias, durante todo el Año Nuevo. Nuestro Señor promete: “Mi paz les dejo, mi paz les doy" (Jn.14, 27).

¡Que el Señor les dé la paz!