Nuestros Deberes Morales Como Ciudadanos Católicos (Parte 2)

9/9/2012

En mi columna anterior, empecé a escribir sobre nuestros deberes morales como ciudadanos Católicos. Entre estos deberes tenemos una obligación moral de votar. A través de este ejercicio de nuestra responsabilidad cívica y moral que nosotros los Católicos ayudamos a formar una sociedad más justa que salvaguarde la dignidad de cada persona, los avances del bien común y hace especial hincapié en las necesidades de los más vulnerables. Esta responsabilidad nos lleva más allá del partidismo y el interés propio. Requiere que echemos nuestra papeleta de acuerdo con el ejercicio de una conciencia bien formada. La conciencia es algo que a menudo es mal entendida o incluso adulterada. No es sólo una “corazonada” o sensación de lo que es correcto e incorrecto. La conciencia no es ciertamente algo que podemos invocar simplemente y ser capaces de justificar hacer lo que nos plazca como una especie de puro subjetivismo o  relativismo.
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, “La conciencia es un juicio de la razón por el que la  persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto.” (CCC 1778) Es la voz de Dios que resuena en el corazón humano. Porque tenemos una seria obligación de obedecer el juicio de  nuestra conciencia sobre lo que es correcto y justo, tenemos una responsabilidad moral igualmente elemental a formar nuestra conciencia correctamente y con mucho cuidado. Sin una adecuada   formación sobre la base de los principios morales universales enraizados tanto en la razón humana y las verdades reveladas de nuestra fe, nuestra conciencia es probable que haga juicios erróneos sobre el curso de acción en casos particulares. Sin una formación cuidadosa de la conciencia, esta se puede convertir en una guía ciega.
  La formación de la conciencia implica varios elementos. En primer lugar, se requiere una verdadera intención de buscar la verdad. Tenemos que buscar en las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia, tal como se presenta, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Qué enseña la Iglesia sobre el matrimonio y la libertad religiosa, por ejemplo? A continuación, se debe hacer un examen cuidadoso de los hechos y antecedentes sobre las distintas preferencias. Por último, se hace oración y  reflexión para que nos ayude a discernir la voluntad de Dios y el mejor curso de acción a tomar en una situación en particular.
El ejercicio de una conciencia bien formada es ayudado enormemente por la virtud de la prudencia. Esta virtud cardinal nos permite “discernir el bien en cada circunstancia y para elegir los medios correctos para realizarla.” (CCC 1806). A veces hay varias maneras de lograr el buen resultado que estamos buscando. La prudencia nos ayuda a elegir los mejores medios disponibles. En términos de política pública, incluso los Católicos con conciencias bien formadas pueden diferir legítimamente en nuestros juicios prudentes cuando se trata de la mejor manera de lograr ciertos productos y para hacer frente a diversos problemas sociales. Por ejemplo, podemos diferir en nuestros juicios prudenciales sobre las mejores políticas públicas para hacer frente a los desafíos de la pobreza o para lograr una atención de la salud universal o  una reforma migratoria integral.
Sin embargo, a pesar de que podemos diferir en nuestros juicios prudenciales sobre los mejores medios para alcanzar un fin bueno, hay algunas cosas que nunca debemos hacer, ya sea como individuo o como sociedad. Hay ciertos actos que son siempre el mal bajo todas las circunstancias, independientemente de las buenas intenciones. Estos “actos intrínsecamente malos” siempre se equivocan, porque son siempre incompatibles con la dignidad humana y con el amor de Dios y del prójimo. Siempre se oponen al auténtico bien de las personas.
Una acción intrínsecamente mala nunca se puede elegir incluso para conseguir un buen fin, como la búsqueda de una cura para la enfermedad. Preeminente entre esos males morales intrínsecos esta la obtención directa e intencional de una vida humana inocente. En nuestro tiempo, “el aborto y la eutanasia se han convertido en amenazas constantes  a la dignidad humana porque atacan directamente a la vida misma, el bien humano más fundamental y la condición para todos los demás.” (USCCB, Viviendo el Evangelio de la Vida, 5) Otros males intrínsecos incluyen la clonación humana y la investigación destructiva de embriones con células madre, la eutanasia, la tortura, actos de racismo y ataques directamente a los no combatientes en actos de guerra o terrorismo. Podríamos añadir a esta lista de cosas tales como el inútil intento de redefinir el matrimonio como algo más que una unión permanente entre un hombre y una mujer.
Como votantes, siempre debemos oponernos a estos males y aquellos que los promueven. Además de oponerse siempre a los actos intrínsecamente malos, tenemos una obligación positiva de promover el bien. Tanto oponerse al mal y hacer el bien son obligaciones esenciales. No hemos agotado nuestra responsabilidad simplemente porque podríamos estar apasionadamente comprometidos con un aspecto particular de la enseñanza moral y social de la Iglesia.
Sin embargo, en la búsqueda de una paz justa y una sociedad bien ordenada no todos los temas tienen el mismo peso e importancia. No todo debe ser tratado como moralmente equivalente. El Papa Juan Pablo II advirtió que la preocupación por “el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la fami-lia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la má-xima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona.” (Christifideles Laici, 38).
En el próximo artículo voy a escribir sobre las complejidades de la aplicación de estos principios al votar según su conciencia, rectamente formada.
Para la conclusión de la serie ver la página 13.