Reconciliación: El Sacramento de La Nueva Evangelización

12/2/2012

G.K. Chesterton, el converso brillante Inglés y apologista escribió una vez: “La respuesta a la pregunta”: ‘¿Qué pasa con el mundo?’ Son sólo tres palabras: “Yo lo soy.” Chesterton tenía una extraña manera de afirmar verdades incómodas con notable claridad.
Citando a Chesterton de esta manera memorable, el cardenal Timothy Dolan en su reciente discurso presidencial a la Conferencia Católica de los Obispos de los Estados Unidos, USCCB por sus siglas en Ingles, centro nuestra atención en uno de los temas clave para la Nueva Evangelización: nuestro llamado a la conversión. El énfasis está en “nuestro” llamado. La evangelización comienza con nosotros, es decir, con nuestra propia evangelización. Durante las visitas ad limina a principios de este año el Papa Benedicto XVI les recordó a un grupo de obispos de los Estados Unidos de esta crucial verdad: “La evangelización no aparece simplemente como una tarea a realizar ad extra (hacia otros afuera); nosotros mismos somos los primeros que necesitamos re-evangelización.” Durante este Año de la Fe, tan íntimamente ligada a la Nueva Evangelización, estamos llamados a redescubrir las riquezas de nuestra fe en toda su plenitud y frescura a través de un encuentro con Cristo en su Iglesia. Cincuenta años después de la apertura del Concilio Vaticano Segundo aun estamos en el proceso de recibir sus enseñanzas y su claro llamado a la santidad, comunión y misión. El primer documento que los Padres Conciliares aprobaron, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, hizo este mismo punto. Debemos ser los primeros en escuchar y responder a l llamado a la conversión. “Y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia…” (SC 9) La conversión es un proceso de toda la vida. No podemos ser heraldos y testigos efectivos del Evangelio de Jesucristo a los demás a menos que nosotros mismos hayamos sido tocados y transformados por el Evangelio.
Es a través de los sacramentos de iniciación, Bautismo, Confirmación y la Eucaristía, que nos hace partícipes en el misterio de la Redención a través de un encuentro vivo con Cristo en su Iglesia. Estos sacramentos nos preparan para la santidad y para nuestra misión como evangelizadores. Fortalecen  y nutren nuestra fe.
Pero el sacramento preeminente para la Nueva Evangelización es el Sacramento de la Penitencia. Por desgracia, e irónicamente, el claro llamado del Concilio Vaticano Segundo para la renovación de la liturgia y los sacramentos como los medios necesarios para promover el crecimiento en la fe y santidad para el bien de la misión no ha dado lugar a la esperada renovación del sacramento de la Penitencia. En cambio, hemos  sido testigos de su casi desaparición en la vida parroquial.  Demasiadas veces he escuchado al igual que muchos sa-cerdotes confesiones antes de bodas, Confirmaciones o incluso en lechos de muerte sólo para saber que la última vez que un penitente se había confesado fue en su Primera Reconciliación. ¿Qué gracia se ha perdido como resultado de la negligencia de un regalo tan precioso? Sólo Dios lo sabe. Sin el sacramento de la Reconciliación, nuestra fe se atrofia y perdemos el contacto con la experiencia de la misericordia inmerecida de Cristo la cual es la esencia misma de la Buena Nueva.
Con el fin de que lleguemos a ser evangelizadores eficaces primero debemos convertirnos nosotros mismos. Es decir, nosotros mismos debemos tener  una experiencia de la gracia y la misericordia de Cristo viva, nutriente y transformante. Sólo así seremos testigos creíbles y capaces de convencer a otros a vivir y promover la Buena Nueva de la salvación. A menos que estemos viviendo con un vivo sentido de la misericordia de Dios transformándonos y re-conciliándonos en nuestra propia debilidad y pecaminosidad, no podemos compartir esto con otros. Dicho de otro modo, si vivimos nuestras vidas enraizadas en la experiencia regular del amor clemente y misericordioso de Dios irradiaremos una alegría que otros encontrarán irresistible. Vamos a estar llenos de la confianza que viene no de nosotros, sino de Cristo que mora en nosotros.
No hay medio más efectivo para encontrar la misericordia de Cristo de una manera tan profundamente personal y eclesial que por medio del Sacramento de la Reconciliación. Este es el medio que nos ha dado Cristo mismo, que ha adaptado su don para hacer frente a nuestras necesidades espirituales, emocionales y psicológicas. Aquí la misericordia y el amor de Cristo se hacen real para los bautizados de manera que sana, reconcilia y restaura el fervor de             nuestra fe. A través de la recepción frecuente de este hermoso sacramento experimentamos la redención y la misericordia a través del perdón de nuestros pecados.
San Juan Maria Vianney, el santo patrono de los sacerdotes, comenzó la re-novación de su parroquia en Ars por medio de una catequesis de los tibios miembros de su parroquia sobre la importancia de la Confesión. Él la reconoció como una herramienta indispensable para la evangelización. Pasó un tiempo en el confesionario, incluso cuando nadie vino. Con el tiempo empezaron a venir y pronto la parroquia  se transformó totalmente.
Durante este Año de la Fe, llamo a todos los fieles a redescubrir y celebrar re-gularmente este precioso sacramento de la misericordia. Le pido a todos nuestros sacerdotes a que hagan del Sacramento de la Penitencia el tema de sus predicaciones y enseñanzas y que activamente animen la recepción frecuente de este sacramento al estar generosamente disponible en el confesionario. Las confesiones deben ser programadas en horarios que los fieles puedan venir sin dificultad. Eso habla de su importancia. También invito a nuestros sacerdotes, que no tienen suficiente fluidez en español, a que inviten a hermanos sacerdotes con mayor maestría del idioma español a que los asistan en este ministerio cuando las circunstancias pastorales lo exijan.
Si este Año de la Fe sólo produce un fruto, voy a estar contento si conduce a la celebración más frecuente y fructuosa de Sacramento de la Penitencia entre los católicos. Es el sacramento para la Nueva Evangelización.