Noviembre y las Postrimerías

11/18/2012

Durante el mes de noviembre, la liturgia de la Iglesia y la devoción popular dirigen nuestra atención a lo que tradicionalmente se llamaba las Postrimerías (Novísimos): muerte, juicio, cielo e infierno. Esto no es una fascinación mórbida. Más bien es un sobrio recordatorio de la naturaleza transitoria de este mundo y un aviso enérgico a la esperanza cristiana. Comenzamos el mes celebrando los santos en gloria el día de Todos los Santos. El 2 de noviembre se observó la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (Día de las Ánimas Benditas) y más tarde en el mes, el último domingo del año litúrgico, celebraremos la triunfante Solemnidad de Cristo Rey. Aunque no nos guste pensar en estas últimas realidades, que son inevitables para cada uno de nosotros. Nos recuerdan el destino eterno que Dios ha preparado para nosotros en Cristo y las consecuencias eternas de dar le espalda al amor de Dios. San Juan de la Cruz escribió: "En el atardecer de nuestra vida, seremos juzgados en el amor". El perfecto amor hará posible nuestra entrada inmediata al cielo. Amor imperfecto requiere purificación. La falta total de amor significa la eterna separación de Dios.
Dios nos ha hecho para  el cielo donde descubriremos la perfecta realización de todo anhelo humano en la felicidad suprema y eterna. No podemos ni siquiera empezar a imaginar el gozo que Dios ha preparado para nosotros en el cielo. La Biblia usa imágenes como un banquete de bodas, y la casa del Padre, para darnos una pequeña visión de la felicidad en el cielo. En el cielo, sabemos que vamos a disfrutar de la perfecta comunión en el amor con la Santísima Trinidad y todos los ángeles y santos. Jesucristo ha ganado esta victoria para nosotros por medio de su muerte y su Resurrección de entre los muertos.
En el otro extremo del espectro se encuentra el aterrador rechazo del amor, que es el infierno. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que "La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios" (CCC 1035) Quien es nuestro único, supremo y último anhelo. Al escoger persistir en el pecado, aquellos que son condenados al infierno, han  rechazado libremente el amor de Dios y su llamado al arrepentimiento. "Dios no predestina a nadie a ir al infierno" (CIC 1037). Él sólo desea nuestra felicidad. Pero no violara ni puede violar nuestra libertad ni obligarnos a amarle. En ese sentido, el infierno es fruto de nuestras propias acciones y preferencias.
Aquellos que mueren en el estado de amistad con Dios, pero que no están completamente perfeccionados en el amor tienen la seguridad de la salvación, pero primero tienen que someterse a una purificación adicional de los efectos de sus pecados. Sólo aquellos que son perfeccionados en el amor y la santidad son capaces de soportar el peso de la gloria y entrar en la presencia de la Santísima Trinidad. Este proceso de purificación después de la muerte se llama Purgatorio. "La Iglesia llama Purgatorio a la purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados" (CIC 1031).
Nosotros realmente no sabemos con precisión lo que el Purgatorio es. Se describe a menudo en términos de un fuego purificador. La imagen del fuego nos ayuda a reconocer que el amor perfecto se logra sólo a través de un doloroso despojo de los restos de egocentrismo que se aferran a nosotros y nos impiden amar libremente y totalmente.
En la comunión de los santos somos unidos con otros creyentes en la tierra, con las almas que sufren en el Purgatorio, así como los bienaventurados en el cielo. En esta maravillosa comunión de vida y amor somos capaces de ayudar y ser ayudados por las oraciones y buenas obras de los unos y de los otros.
La Iglesia tiene siempre presente el deber de ayudar a aquellos en el Purgatorio sobre todo en la Eucaristía. Recordamos a los fieles difuntos en la Oración Eucarística de cada misa, pero también tenemos la oportunidad de solicitar que se ofrezcan Misas por los difuntos. Es una hermosa práctica y un acto de caridad el tener Misas ofrecidas, sobre todo para  nuestros queridos difuntos. Como expresión del misterio de la Comunión de los Santos la Iglesia también nos permite obtener indulgencias y aplicarlas en la caridad hacia las almas del Purgatorio.
A pesar de que es nuestro deber cristiano de estar siempre conscientes de los fieles difuntos, el mes de noviembre es un momento oportuno. En El Día de las Animas Benditas llegamos a la ayuda de nuestros hermanos y hermanas difunto/as por medio de conmemoraciones especiales en las misas, así como por otras coloridas costumbres étnicas locales. En muchas culturas es el día dedicado a visitar las tumbas de sus familiares fallecidos. Al visitar estos lugares sagrados honramos a los muertos y por medio de nuestras oraciones les ayudamos en su espera del cumplimiento de su esperanza, es decir, la resurrección del cuerpo y la vida eterna. Amén.