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Vayan y Hagan Discípulos: Una Visión para el Futuro de la Arquidiócesis de Oklahoma City

Una Carta Pastoral del Arzobispo Pablo S. Coakley

Nuestra Señora, la Virgen del Rosario, Memoria

7 de octubre de 2013 

 

Mis Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo: 

¡Alabado sea Jesucristo!

A pocos meses de asumir mi cargo como Arzobispo de Oklahoma City el Papa Benedicto XVI publicó su Carta Apostólica "Porta Fidei", que proclamó un Año de la Fe a partir del año siguiente, el 11 de octubre de 2012, y concluyendo con la Solemnidad de Cristo Rey el 24 de noviembre de 2013. Nos estamos acercando al final del Año de la Fe, mientras escribo.

El Año de la Fe conmemora dos de los acontecimientos más significativos del siglo XX en la vida de la Iglesia Católica. Se conmemora el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. También coincidió con la celebración de la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, cuyo tema en el 2012 fue "La Nueva Evangelización para la Transmisión de la Fe Cristiana."

Como el Papa Benedicto XVI escribió en aquel momento, el Año de la Fe es " una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo" (PF 6). Este Año de la Fe ha sido una oportunidad para que los Católicos renuevan y redescubran su relación con Jesucristo y con su Iglesia. Ha sido una ocasión de gracia.

Como una forma de preparar y celebrar el Año de la Fe en la Arquidiócesis de Oklahoma City comisioné un equipo de sacerdotes, religiosos y laicos para que me asistieran, en un ambiente de oración, a discernir una visión mutuamente compartida para el futuro de la Arquidiócesis. Muchos de ustedes participaron en una de las ocho sesiones de escucha realizadas en diferentes lugares de la Arquidiócesis desde Guymon a Lawton, a Norman y Enid y otros lugares también. Tal vez usted presentó sus ideas en forma escrita o electrónica. Agradezco a todos los que participaron en esas valiosas y energizantes sesiones. A lo largo de trece meses hemos orado, escuchado, reunido información y reflexionado sobre todo lo que habíamos escuchado y aprendido.

Vayan y Hagan Discípulos

Escribo esta carta pastoral para proclamar la visión que es fruto de ese esfuerzo lleno de gracia. Esta visión guiará nuestra familia arquidiocesana en el transcurso de los próximos cinco años. Es hacia dónde vamos. Es la visión contra la cual vamos a evaluar y justificar nuestras iniciativas, programas, ministerios y gastos. Refleja lo que somos y lo que hacemos. Esta visión está alineada con la visión del Evangelio de Nuestro Señor y con el movimiento del Espíritu Santo que guía hoy a la Iglesia Universal a través del ministerio del Papa Francisco y el colegio de los obispos. Está en sintonía con la misión y el mandato que Jesús confió a sus discípulos antes de su Ascensión: "Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo"(Mt 28,19-20).

Vayan y hagan discípulos. Esta es la palabra de Dios dirigida a nosotros, al concluir el Año de la Fe. Es nuestro mandato. Para todos y cada uno de nosotros es a la vez una invitación y un desafío; una llamada y una misión.

La visión está enraizada en lo que somos y por qué estamos aquí. Nuestro propósito sagrado, como el pueblo de la Arquidiócesis de Oklahoma City, es dar testimonio gozoso de nuestra fe Católica en el centro y oeste de Oklahoma a través del ministerio de enseñar, santificar y gobernar de Cristo y su Iglesia, para que el Cuerpo de Cristo se haga presente, el llamado universal a la santidad sea proclamada, y todos los pueblos sean recibidos en la promesa de vida eterna.

Nuestra visión: "Vayan y hagan discípulos", informará todo lo que haremos durante los próximos cinco años. Durante los próximos dos años nos enfocaremos en tres prioridades, cada una de las cuales contará con el apoyo de dos metas específicas y mensurables. Estas se presentan más adelante.

"La voluntad de Dios es que sean santos" (1 Tes 4,3). Esta verdad, tan claramente expresada en las Escrituras, es el principio y fundamento de la vida cristiana, de toda programación pastoral y trabajo pastoral. Tiene consecuencias prácticas y de largo alcance para cada cristiano, para cada hogar, en cada comunidad parroquial, de hecho, para toda la Iglesia. Dios nos crea para la santidad. Dios nos llama a ser santos.

Una de las mayores contribuciones individuales del Concilio Vaticano II fue su presentación clara y enfática de esta llamada universal a la santidad. Al igual que el mayordomo sabio de la parábola evangélica (Mt 13,52) que trae de su almacén lo viejo y lo nuevo, los padres conciliares re-presentaron una verdad del Evangelio que ha estado presente desde el principio, aunque con frecuencia pasado por alto. El capítulo 5 de la Constitución Dogmática Sobre la Iglesia (Lumen Gentium) está dedicado íntegramente a esta verdad fundamental, que todos los cristianos estamos llamados a la santidad. Esta doctrina conciliar no es sólo un barniz espiritual, pero el corazón de su enseñanza sobre la naturaleza de la Iglesia.

La Iglesia como Misterio

La Iglesia es claramente más de lo que parece. A pesar de tener una estructura jerárquica visible, establecida por Cristo sobre el fundamento de los apóstoles, la Iglesia es también un "misterio", es decir, signo e instrumento de la unidad que Dios quiere para la humanidad. Como tal, la Iglesia es un pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para participar en la misma santidad de Dios, que es amor.

La Iglesia es una comunión de amor. Como el Beato Juan Pablo II escribió en los albores del nuevo milenio, "La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da, para hacer de todos nosotros «un solo corazón y una sola alma»" (Hch 4,32) (Novo Millennio Ineunte, 42).

La fe de la Iglesia y su vida interior se expresa externamente a través de la riqueza de sus ritos litúrgicos y sacramentales; se expresa a través del arte sacro y la arquitectura que ha inspirado. La fe viva de la Iglesia está enraizada en las Sagradas Escrituras, los credos, dogmas y cánones que expresan y preservan la Tradición viva que nos llega de los apóstoles. La vida de la Iglesia se expresa externamente de una manera más convincente a través del testimonio de los santos.

La Iglesia es Santa

La Iglesia es santa. Pertenece al Único que es santo, que se hizo hombre, derramó su sangre y dio su vida para santificarla y redimirla. Esta íntima comunión de la Iglesia con el Santo está bellamente expresado en la imagen de la Iglesia como la Esposa de Cristo (Ef 5,32).

El Beato Juan Pablo II escribió en NovoMillennio Ineunte, "Respecto a Pontífices bien conocidos en la historia o a humildes figuras de laicos y religiosos, de un continente a otro del mundo, la santidad se ha manifestado más que nunca como la dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia. Mensaje elocuente que no necesita palabras, la santidad representa al vivo el rostro de Cristo" (NMI 7). Hombres y mujeres santos ofrecen la forma más creíble de testimonio de la verdad del Evangelio y la enseñanza de la Iglesia. A pesar de que a menudo estamos  dolorosamente conscientes de la debilidad y el pecado de los miembros de la Iglesia, su santidad esencial sigue siendo una de las principales y determinantes marcas de la Iglesia. Como lo profesamos en el Credo: "Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica."

A través del bautismo en la Iglesia, que es santa, somos hechos santos. A través de una fe viva participamos en la santidad de la Iglesia. El Sacramento del Bautismo comienza nuestra iniciación en la santidad de Dios. A través del bautismo y los otros sacramentos de la iniciación llegamos a ser miembros vivos del Cuerpo de Cristo, la Iglesia (1 Cor 12,12ss).

Estamos incorporados a su cuerpo por el Espíritu Santo que viene a morar en nosotros y hacernos piedras vivas en su templo santo (cf. 1 Pe 2,5). Bautizados en la muerte de Cristo, morimos al pecado. Nos levantamos con él de las aguas del bautismo para comenzar una nueva vida, compartiendo en el poder de su resurrección a través de su Espíritu Santo.

Los sacramentos son los canales especiales de gracia, establecidos por Cristo, que nos permiten vivir esta vida divina. "Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1210). Los sacramentos de iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) sientan las bases de la vida cristiana. Nos incorporan a Cristo y a la Iglesia y por lo tanto nos equipan con la gracia sobrenatural, las virtudes y los dones espirituales necesarios para crecer hacia la plena madurez en Cristo como santos. Todo esto es un don misericordioso de Dios para nosotros. Sin embargo, para que estos dones den fruto de una vida santa, es necesaria nuestra cooperación con la gracia de Dios.

"Sean Perfectos como es Perfecto el Padre Que Está en el Cielo"

Cuando comenzamos a reconocer nuestra alta vocación vemos cuán completamente por debajo de nuestra dignidad es el conformarse con una vida de mediocridad moral o espiritual y religiosidad superficial. La llamada al bautismo es el llamado a la santidad heroica, el llamado a ser santo. "Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios" (Col 3,1-3).

"Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo" (Mt 5,48). Nuestro reto es abrazar y proclamar de nuevo este alto nivel de vida Cristiana ordinaria. La santidad no es prerrogativa de una élite. Es la vocación fundamental que todo Cristiano recibe en el bautismo. Como el Vaticano II afirmó claramente: "Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (Lumen Gentium, 40). Esta es la esencia de la santidad: perfecto amor a Dios y al prójimo.

Esta suprema vocación está más allá de nuestra mera fuerza humana para que se realice, pero no está más allá de nuestra esperanza "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rm 5,5). El Papa Benedicto escribió sobre esta fuente divina de amor en su primera encíclica. "Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor" (Deus Caritas Est, 18). La santidad también crece al ponerse en acción el amor.

Aunque todos los cristianos estamos llamados a la santidad (la perfección de la caridad), los caminos de la santidad son tan personales como la vocación de cada uno. El gran número de canonizaciones y beatificaciones en los últimos años ilustran esta diversidad de caminos. Nos muestran que los santos son personas ordinarias, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, de diversos orígenes, vocaciones, culturas y condiciones de vida. Son testigos de la auténtica vida Cristiana para inspirar en nosotros un anhelo de santidad y movernos a seguir el camino de la santidad heroica. Son modelos e intercesores para asistirnos en nuestra peregrinación.

Nueva Evangelización

Debemos tener claro que la llamada a la santidad no es una licencia para disfrutar de una espiritualidad privatizada e individualista. Por el contrario, es un llamado radical a la comunión. Vivir nuestra fe desde el corazón de la Iglesia, vivir como discípulos de Jesús y compartiendo en el amor y vida de la Santísima Trinidad, nos mueve a servir las necesidades de los demás, como Cristo sirvió. "Yo estoy entre ustedes como el que sirve" (Lc 22,27).  Ser santos es vivir en unión con Cristo, conocerlo, amarlo e imitarlo en su preocupación por todos. La enseñanza del Concilio Vaticano II insiste sobre este punto: "El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo" (Gaudium et Spes, 34).

La santidad y comunión conducen necesariamente a la misión. No podemos separar la llamada a la santidad y la comunión de la llamada universal a la misión, es decir, a la obra de la evangelización. "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa" (Papa Pablo VI, Acerca de la Evangelización en el Mundo Contemporáneo, 14). La misión de la Iglesia es la de anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, y en quien todos los hombres encuentran la salvación. "Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos" (Mt 28,19). Todavía hay personas que no han escuchado la Buena Nueva. Lamentablemente, hay un número creciente de personas, incluso en tierras antes cristianas que no han escuchado el Evangelio. En estos lugares y en muchas culturas seculares posmodernas un nuevo ateísmo ha ido ganando nuevos adeptos. Nuestro apoyo y oración para esta misión a "todos los pueblos" (ad gentes) debe continuar. Todos estamos llamados a compartir en esta misión.

La obra de evangelización que es particularmente urgente en nuestro tiempo y lugar, sin embargo, es lo que el Beato Juan Pablo II y el Papa Emérito Benedicto XVI llamaban la nueva evangelización. Su atención se enfoca en los países y culturas donde el Evangelio ha sido anunciado, pero donde la llama de la fe se ha reducido a una brasa que apenas está ardiendo. Una fe que una vez fue ferviente ha dado paso a una tibia indiferencia. Todos conocemos a muchas personas hoy en día que son nominalmente cristianos o nominalmente católicos. Todavía dicen creer, pero actúan como si Dios no existiera. Compartimentan su fe, como si se refiriera sólo a  domingos o ciertos ejercicios religiosos. Su fe tiene poco o nada que ver con la forma en que viven sus vidas cada día. Aunque no han rechazado formalmente a Cristo y su Evangelio, la vida de muchos católicos es informada mucho más por los valores tradicionales de la cultura secular que por la verdad liberadora del Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia. En lugar de evangelizar la cultura, es decir, transformar la cultura según la verdad, belleza y bondad del Evangelio, muchos cristianos están siendo "evangelizados" por los valores contrarios al evangelio que promueve la cultura secular y atea. Es sorprendentemente evidente y somos testigos de la rapidez con que tantas personas, que por lo demás son fieles, pero están perdiendo el sentido del significado singular del matrimonio como una relación permanente entre un hombre y una mujer.

La fe de los creyentes en nuestra cultura post-cristiana necesita ser despertada de nuevo. La nueva evangelización exige una re-evangelización. ¡Este es nuestro reto! "Ustedes son la luz del mundo" (Mt 5,14). La Iglesia existe en el mundo para dar testimonio de Cristo. "Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo" (Mt 5,16). Muchos católicos se apartan de su responsabilidad para convertirse en evangelizadores. Tal vez no entienden su papel. Si bien cada uno de los miembros de la Iglesia tiene un papel que le corresponde en la misión evangelizadora de la Iglesia, algunos como pastores, padres y catequistas, todos están llamados a ser testigos de Cristo. "Prediquen el Evangelio siempre, usen palabras cuando sea necesario" esta frase atribuida a San Francisco de Asís, nos recuerda que el testimonio de un vida santa, alegre y virtuosa es la influencia evangelizadora más eficaz y convincente. ¡Esta es la lección que nos enseñan los santos! Hombres y mujeres santas y alegres renovarán la Iglesia y traerán el mundo a Cristo.

El desafío de la nueva evangelización pide un nuevo ardor. Se nos insta a buscar nuevas formas de expresión y medios más eficaces para dar testimonio del Evangelio de Jesucristo. El Evangelio es el mismo: "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y lo será siempre" (Hb 13,8). Es la presentación del Evangelio que debe ser renovada para que apele, sea creíble y que compele a las personas en el siglo XXI. Esta es nuestra tarea. Esta es nuestra misión. ¡Vayan y hagan discípulos!

Discípulos Misioneros

Pero no podemos dar lo que no tenemos. Evangelizar a los demás es invitarlos a una amistad y relación con Jesucristo.  Antes de invitar a otros, nosotros los evangelizadores debemos ser verdaderamente evangelizados. Los evangelizadores deben primero hacerse discípulos. Tenemos que estar en una relación con Jesús. Tenemos que conocerlo y saber que somos amados por él. No es suficiente saber de Jesús. Tenemos que hacernos su amigo. Tenemos que sentarnos a sus pies y aprender de él, al igual que María, la hermana de Marta y Lázaro (Lc 10,39). Tenemos que enamorarnos.

"No hay nada más práctico que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse rotundamente y sin ver atrás. Aquello de lo que te enamores, lo que arrebate tu imaginación, afectará todo. Determinará lo que te haga levantar por la mañana, lo que harás con tus atardeceres, cómo pases tus fines de semana, lo que leas, a quien conozcas, lo que te rompa el corazón y lo que te llene de asombro con alegría y agradecimiento. Enamórate, permanece enamorado, y esto lo decidirá todo." Estas palabras del Padre Pedro Arrupe, S.J., antiguo Superior General de los Jesuitas, describe la experiencia del discipulado enraizado en una relación personal con Jesucristo. Sólo el discípulo puede evangelizar eficazmente a otros.

Antes de su inesperada renuncia el Papa Benedicto escribió una carta para la Jornada Mundial de la Juventud 2013. Les habló a los jóvenes sobre el significado de la evangelización. "Evangelizar significa llevar a los demás la Buena Nueva de la salvación y esta Buena Nueva es una persona: Jesucristo. Cuando le encuentro, cuando descubro hasta qué punto soy amado por Dios y salvado por él, nace en mí no sólo el deseo, sino la necesidad de darlo a conocer a otros. Al principio del Evangelio de Juan vemos a Andrés que, después de haber encontrado a Jesús, se da prisa para llevarle a su hermano Simón (cf. Jn 1,40-42). La evangelización parte siempre del encuentro con Cristo, el Señor. Quien se ha acercado a él y ha tenido la experiencia de su amor, quiere compartir en seguida la belleza de este encuentro que nace de esta amistad. Cuanto más conocemos a Cristo, más deseamos anunciarlo. Cuanto más hablamos con él, más deseamos hablar de él. Cuanto más nos hemos dejado conquistar, más deseamos llevar a otros hacia él." Nuestro testimonio y esfuerzo en la obra de la nueva evangelización serán fructíferos en la medida en que estemos ardiendo con el amor de Cristo. "El amor de Cristo nos apremia" (2 Cor 5,14).

Discipulado conduce a la evangelización. Discípulos maduros se vuelven hacedores de discípulos. Llegan a ser discípulos misioneros. Hablándoles a los obispos y sacerdotes sobre los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro El Papa Francisco dijo: "También ellos han escuchado las palabras del mandato de Jesús: «Vayan, y hagan discípulos a todas las naciones» (cf. Mt 28,19). Nuestro compromiso de pastores es ayudarles a que arda en su corazón el deseo de ser discípulos misioneros de Jesús. Ciertamente, muchos podrían sentirse un poco asustados ante esta invitación, pensando que ser misioneros significa necesariamente abandonar el país, la familia y los amigos. Dios quiere que seamos misioneros. ¿Dónde estamos? Donde Él nos pone." Esta es la visión que hoy pongo delante de ustedes: ¡Vayan y hagan discípulos!

Prioridades y Metas 

Nuestra visión: "Vayan y hagan discípulos," está destinada a ser ampliamente compartida entre todos los sacerdotes, religiosos y fieles laicos de la Arquidiócesis. Es para todas nuestras parroquias y escuelas, así como para todos los departamentos de la Arquidiócesis y otros servicios que apoyan la misión de la Iglesia en la Arquidiócesis. Corresponde a cada uno de nosotros en nuestros hogares, comunidades y lugares de trabajo. Debe ser nuestra estrella del norte al fijar nuestro rumbo durante los próximos cinco años.

En apoyo de esta visión, y por recomendación del equipo que me ha ayudado a lo largo de este proceso de trece meses, he establecido tres prioridades que serán nuestro enfoque particular para los próximos dos años. Al igual que la visión misma, estas prioridades se compartirán ampliamente entre nuestras parroquias, escuelas, departamentos y agencias Arquidiocesanas. Cada uno de ellas contará con el apoyo de dos metas específicas y mensurables. Estas prioridades son el producto de oración y discernimiento e identificadas de todo lo que hemos escuchado durante ocho sesiones de escucha y con una cuidadosa consideración de todos los datos recibidos y estudiados durante los trece meses del proceso para establecer una visión para el futuro. Nuestras prioridades son:

1.   Nueva Evangelización   Al enfocarnos en esta prioridad, nos comprometemos a:

A.    Crear una Oficina de la Nueva Evangelización en la Arquidiócesis para el 1 de noviembre de 2013.

B.     Iniciar un plan Arquidiocesano para la Nueva Evangelización en 20 a 30 parroquias y todas las oficinas diocesanas para el 1 de noviembre de 2014.

2.   Formación en la Fe   Al enfocarnos en esta prioridad, nos comprometemos a:

A.    Poner en marcha un proceso de un año de duración "Transformando la Catequesis de los Adolescentes" en 12 a 16 parroquias y escuelas católicas de la Arquidiócesis para el 30 de noviembre de 2014.

B.     Aumentar la participación en las oportunidades de formación en la fe para adultos de un 5 a un 10 por ciento en toda la Arquidiócesis para el 1 de julio de 2015.

3.   Ministerio Hispano   Al enfocarnos en esta prioridad, nos comprometemos a:

A.    Comenzar la implementación de un plan para aliviar el hacinamiento en las iglesias con significativa población hispana en el área metropolitana de Oklahoma City para el 1 de mayo de 2014.

B.     Inscribir participantes en el primer curso de un programa de formación básica en la fe para adultos en español en la Arquidiócesis de Oklahoma City para el 1 de junio de 2014.

¡Vayan y hagan discípulos! En su homilía de clausura en el Día Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, el Papa Francisco aseguro a los jóvenes católicos y a toda la Iglesia diciendo: " «No tengan miedo». Cuando vamos a anunciar a Cristo, es él mismo el que va por delante y nos guía. Al enviar a sus discípulos en misión, ha prometido: «Yo estoy con ustedes todos los días» (Mt 28,20). Y esto es verdad también para nosotros. Jesús no nos deja solos, nunca deja solo a nadie. Nos acompaña siempre.".

Al presentarles esta carta pastoral y el desafío de "Vayan y hagan discípulos" confío en la fidelidad del Señor. Él nos acompaña. Confiando en su maternal solicitud por toda la Iglesia,  encomiendo nuestra arquidiócesis y esta visión mutuamente compartida para el futuro a la Santísima Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización.

Sinceramente suyo en Cristo,

Reverendísimo Pablo S. Coakley

Arzobispo de Oklahoma City