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Desmantelando la globalización de la indiferencia

El mes pasado, antes de su histórico viaje a Río de Janeiro para el Día Mundial de la Juventud, el Papa Francisco hizo su primer viaje apostólico fuera de la península italiana al viajar a la pequeña isla de Lampedusa, en el Mar Mediterráneo. Él se inspiró al visitar este lugar tan apartado después de leer las noticias sobre los inmigrantes procedentes de África que habían muerto en el mar en busca de una vida mejor en Europa. Fue a Lampedusa para rezar y mostrar su preocupación y solidaridad con los que sufren y los olvidados que viven y mueren en los márgenes de la sociedad. Fue un simple gesto de caridad. Fue también una clave importante para la comprensión de este nuevo pontificado.

El Santo Padre se dirigió a Lampedusa para despertar nuestra conciencia, que con demasiada frecuencia se adormece por una de las trágicas consecuencias del pecado: la indiferencia. Al igual que el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano podemos eludir fácilmente el sufrimiento humano real que a menudo nos encontramos justo debajo de nuestra nariz. "No es asunto mío", nos decimos. Después de ignorar repetidamente los preocupantes dolores de conciencia, que con razón nos molestan, nos encontramos con que la conciencia nos molesta menos y menos. Nos volvemos sordos a los gritos de sufrimiento humano y ciegos a sus múltiples manifestaciones.

Esta desorientación y ceguera causada por el pecado tiene efectos de largo alcance. El Papa Francisco habló en Lampedusa de una "globalización de la indiferencia." Estamos perdiendo nuestra capacidad de llorar por el sufrimiento humano, la crueldad y la injusticia. "No me incumbe.", nos aseguramos. Este embotamiento de la conciencia se ve facilitada por una cultura individualista del bienestar, que nos permite pensar sólo en nosotros mismos.

He estado reflexionando mucho sobre la idea de una globalización de la indiferencia. Reconozco que esto no es solo un problema de la sociedad porque lo veo en mí mismo. Es fácil mantenerse ocupado con muchas cosas y pasar por alto las necesidades y sufrimientos de mi prójimo. Ese sufrimiento puede estar en mi propia casa u oficina. Con qué facilidad se puede dar la espalda a los sufrimientos y la explotación de los inmigrantes indocumentados con tales racionalizaciones como "¿qué parte de la palabra ilegal es la que no entiendes?" Con qué facilidad se le puede dar la espalda a un mendigo sin hogar justificando nuestra inacción con la presunción de que son de alguna manera responsables de su situación.

El sufrimiento nos rodea por todas partes. Gran parte es invisible, y preferimos que siga así. Estoy pensando en la soledad de las personas mayores y los que no pueden salir de su casa y de los presos olvidados. A menudo, esta justo delante de nuestros ojos, pero estamos demasiado atrapados en nuestras propias preocupaciones para reconocer estos gemidos y gritos pidiendo ayuda. Estoy pensando en la mujer joven sola con un embarazo no planificado y el adolescente desesperado y confundido pensando en el suicidio.

Durante el cónclave anterior a su elección, el Papa Francisco clamó por una Iglesia menos "autorreferencial", una Iglesia más centrada en la misión y dedicada a ir en búsqueda de los marginados de la sociedad. No es suficiente abrir las puertas de nuestras iglesias con un mejor acceso para que todos puedan entrar. Tenemos que estar dispuestos a salir por esas puertas en búsqueda de los que están perdidos y abandonados con el fin de servirles y traerlos de regreso a casa.

A través de una serie de gestos simples pero poderosos durante los últimos cuatro meses el Papa Francisco nos ha estado mostrando el aspecto que tiene. Él nos está dando un hermoso testimonio de la primacía de la caridad práctica y directa en el logro de una Nueva Evangelización. La práctica de la caridad, el amor genuino y nuestra preocupación por los demás, proporciona el contexto necesario para una distribución eficaz y convincente del Evangelio en toda su plenitud. Nuestra tarea consiste en desmantelar la globalización de la indiferencia y desarrollar una cultura de fraternidad y preocupación genuina por los demás, especialmente los más necesitados de nuestros hermanos y hermanas.