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Descanso en el verano y el Día del Señor

En el Evangelio, Jesús nos invita, "Vámonos aparte… y descansarán un poco." (Mk.6: 31) Este es sin duda un tema oportuno para el tiempo de verano cuando muchos de nosotros reconocemos nuestra necesidad de descanso y relajación. Sea cual sea el ritmo de nuestras vidas, cuando no hay escuela o se ha terminado la cosecha, de vez en cuando necesitamos refrescarnos. Necesitamos tiempo lejos de nuestro trabajo ordinario y las preocupaciones diarias con el fin de restablecer nuestras energías, para disfrutar de las bellezas de la creación, para pasar tiempo con la familia y amigos, para recordar a nuestro Creador. El ritmo regular del descanso sabático es una parte muy importante del plan de Dios para nosotros y para nuestro bienestar: " Y Jesús concluyó: "El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.". (Mc 2, 27)

Por desgracia, el disfrute del verdadero tiempo libre es prácticamente un arte perdido en nuestra cultura. Muchos de nosotros estamos adictos al ajetreo y actividad. Nos resulta difícil simplemente relajarnos. Incluso durante las vacaciones a menudo nos sentimos tan obligados a mantenernos conectados con el trabajo, o llenar nuestros días con tanto viaje y actividad que volvemos aún más cansados y desvanecidos en el espíritu que antes.

Por supuesto, a veces las cargas y responsabilidades de nuestras vidas  no permiten  el tipo de vacaciones que desearíamos y necesitamos. Sin embargo, el Señor desea refrescarnos. “Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré " (Mt.11: 28) El descanso restaurativo  y renovación que nuestros corazones anhelan siempre eludirán hasta que reconozcamos la naturaleza espiritual de nuestro anhelo. San Agustín escribió hace muchos siglos: "¡Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti!"

Para los cristianos, el domingo es el día de reposo semanal. El domingo, el Día del Señor, es parte del ritmo que la ley de Dios, y la ley de la Iglesia, ha establecido y hecho santo para nuestro bienestar y  redención. Necesitamos el Día del Señor. Lamentablemente, hemos perdido de vista la singularidad del Día del Señor y lo hemos sustituido por "el fin de semana". Los dos no son para nada equivalentes.

En el centro del Día del Señor está el reconocimiento de todo lo que Dios ha hecho creando y redimiéndonos en Cristo. Es el día cuando conmemoramos la Resurrección del Señor. Es nuestro principal día santo el cual enraíza nuestras vidas en la adoración a través de la celebración de la Misa. La Eucaristía dominical establece el ritmo para el resto de nuestra semana. Renovamos el sacrificio de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, que a su vez nos alimenta con el Sacramento de su Cuerpo y Sangre. La Misa es la fuente de la que brota la gracia que vivifica y santifica todo nuestro trabajo y actividades de ocio.

En nuestra cultura secular simplemente no es posible mantener una fe viva, el vivir en amistad con Cristo y mantener una perspectiva católica vibrante a menos que estemos comprometidos a mantener el Día del Señor como día Santo. Este es un desafío muy real. A pesar de cómo nuestra sociedad disminuye la importancia del domingo, no es un día como cualquier otro. No es simplemente parte del "fin de semana".  Nuestra fiel observancia del Día del Señor nos recuerda quienes somos ante Dios como miembros de una comunidad arraigada en los misterios de Cristo. Es un día para la adoración, para el descanso, para la familia, un día para construir relaciones dentro de la comunidad cristiana, y formar y ejercer nuestra fe en el servicio a los demás.

"Vámonos aparte… y descansarán un poco." Jesús invita a cada uno de nosotros a refrescarnos en las fuentes de la vida que el Día del Señor nos ofrece cada semana.