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Formando una cultura de la vida: ¿Y la pena de muerte?

Recientemente asistí al seminario Teoría Jurídica Católica en la Facultad de Derecho de OU. El tema de esa noche fue una aplicación particular de la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la pena de muerte. Me quedé muy impresionado por la calidad de la discusión entre los alumnos y su profesor, Michael Scaperlanda, al considerar las complejidades de esta difícil cuestión, tanto desde el punto de vista legal y como el ético.

Crímenes particularmente atroces, que se han convertido muy comunes en nuestra sociedad violenta, inevitablemente estimulan la conversación en torno a la pena de muerte. ¿Qué debemos hacer como católicos de esta discusión? ¿Qué orientación proporciona el Magisterio de la Iglesia para ayudar a los fieles a debidamente formar nuestras conciencias en el difícil tema del uso de la pena de muerte?

El Quinto Mandamiento del Decálogo afirma la santidad de la vida humana cuando proclama: "No matarás." (Ex.20: 13) El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: " Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente" (2258).
¿Qué pasa con aquellos que no son inocentes? Desde los primeros tiempos la reflexión cristiana ha buscado una comprensión más completa de lo que este precepto divino prohíbe y permite. Esta necesidad surge sobre todo a la luz de los hechos a menudo trágicos que ocurren en la vida de los individuos y las sociedades.

Hay momentos en que los valores propuestos por la Ley de Dios parecen implicar una paradoja. Esto es evidente cuando se trata de legítima defensa, incluyendo la auto-defensa. La Iglesia reconoce el derecho de defenderse uno mismo, y de hecho el deber de defender a aquellos por los cuales uno es responsable, ante las acciones de un agresor injusto. El Estado, también, es responsable de proteger el buen orden de la sociedad civil, y de proteger el bien común, tiene el deber de defender a su pueblo contra la agresión injusta y de castigar a los agresores de una manera que sea proporcional a la ofensa.

Este es el contexto en el que se coloca la cuestión de la pena de muerte. La segunda edición del Catecismo de la Iglesia Católica, a raíz de la carta encíclica de 1995 del beato Juan Pablo II, El Evangelio de la Vida, reconoce la posibilidad de que la autoridad legítima recurra a la pena de muerte, en el supuesto de que la culpabilidad del responsable ha sido plenamente determinada. Pero añade que esta debería ser la última opción, " si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas." (CIC 2267)

En otras palabras, la enseñanza de la Iglesia pone límites muy estrictos al uso legítimo de la pena de muerte. Nunca debería ser utilizada, por ejemplo, para exigir venganza. Tampoco debe permitirse simplemente como un elemento de disuasión. El factor principal en la aplicación de la pena de muerte es la defensa necesaria de la sociedad. “Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.”(CIC 2267)

El uso de la pena de muerte o la pena capital, podría ser legítimo en situaciones muy estrechamente circunscritas, específicamente, si no hay otra manera de proteger a la sociedad. Teniendo en cuenta los medios que el Estado tiene hoy para encarcelar a los delincuentes y proteger a la sociedad, los casos en que la ejecución del delincuente sea verdaderamente necesaria son, en palabras del Beato Juan Pablo II, "  muy raros, por no decir prácticamente inexistentes.". (Evangelio de la Vida, 56)

Por desgracia, en Oklahoma y en otros lugares el uso de la pena de muerte se ha vuelto bastante común. Esto no ha frenado la creciente ola de violencia en estos lugares. Teniendo en cuenta este hecho y el alarmante número de personas inocentes culpadas de haber sido erróneamente condenados a muerte (¡uno es demasiado!), así como el número desproporcionadamente alto de los presos pobres y de minorías que se encuentran en el corredor de la muerte, bien podemos preguntarnos si hay cualquier necesidad legítima o justificación razonable por el uso de la pena de muerte en la actualidad.

La enseñanza de nuestra Iglesia ofrece un camino a través de esta confusión. Para los católicos esta enseñanza brilla la luz de la verdad sobre un asunto difícil. Nos da una guía segura en el cumplimiento de nuestra responsabilidad de formar adecuadamente nuestras conciencias individuales. Para la sociedad, tiene valor como una contribución a la discusión pública acerca de si nosotros, como ciudadanos de Oklahoma queremos mantener una forma de castigo que incrementa el nivel de violencia, es susceptible a la mala aplicación, y corroe los valores de nuestra cultura. ¿Qué tipo de cultura estamos formando?