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¿Qué Hay de Malo con la Anticoncepción?

Por Arzobispo Pablo S. Coakley
Arzobispo de Oklahoma City
December 16, 2012

Cuando estalló la primera controversia sobre el mandato del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS por sus siglas en ingles), me uní a mis hermanos obispos al decir que nuestra objeción fundamental a este injusto mandato del gobierno es su desprecio por los derechos de la conciencia y la libertad religiosa. Sigue siendo así.
Gran parte de la prensa, muchos políticos y supuestos expertos que ofrecen sus comentarios trataron de distorsionar el asunto y cambiar el enfoque hacia  la oposición de la Iglesia católica a la anticoncepción. Fue una táctica astuta dado que la enseñanza contracultural pero consistente de la Iglesia sobre la ilicitud de la anticoncepción es un blanco fácil para el ridículo en una cultura muy secular. Incluso entre los católicos nuestra enseñanza es ampliamente incomprendida, rara vez  enseñada con claridad, y en demasiados casos ampliamente ignorada.


Con tanta atención nacional que se centró en el requisito del mandato que obliga a muchas instituciones católicas y a los patrones a pagar un seguro medico que incluye servicios moralmente inaceptables (como la anticoncepción, la esterilización y medicamentos que inducen el aborto), este se ha convertido en una oportunidad para la enseñanza. La ventaja puede ser que la controversia del  HHS, aún sin resolver, ofrece la oportunidad de exponer claramente la doctrina católica sobre la transmisión sagrada de la vida humana. Quiero aprovechar este momento tan oportuno.
1968 fue un año tumultuoso. Fue una época de guerra, disturbios civiles, y el fermento social en todo el mundo. El 25 de julio de ese año el Papa Pablo VI publicó su profética encíclica Humanae Vitae (De la Vida Humana). Mejor conocida por mantener  la enseñanza moral constante de la iglesia sobre la ilicitud de la anticoncepción, el Papa Pablo VI les recordó a los católicos y a todos los hombres de buena voluntad que algo tan sagrado como la transmisión de la vida humana no se puede ser separada de sus raíces sin graves consecuencias para los individuos, los matrimonios y las familias y para la sociedad. La vida humana y el amor conyugal es sagrado y debe ser respetado y protegido.
Las raíces que preservan el debido respeto a la dignidad del amor sexual humano se basan en el plan de Dios para el matrimonio. El acto conyugal (amor sexual entre esposos) tiene un significado que viene del Creador. Está consagrado en nuestros cuerpos que Dios creó varón y mujer. Como señal de la alianza entre los conyugues, cada acto conyugal debe ser al mismo tiempo unitivo (un verdadero acto de entrega mutua) y procreativo (abierto a la transmisión de la vida). En otras palabras, cada acto conyugal tiene tanto la dimensión de entrega de amor  y también entrega de vida. El separar a estos dos evita que el acto conyugal alcance su propósito e intención divina. La anticoncepción hace precisamente esto. Para participar en la actividad sexual fuera del matrimonio, o con miembros de su mismo sexo, o con fines egoístas, o mientras este interfiriendo con la fertilidad natural del acto por medio de la anticoncepción es un rechazo del significado y propósito deseado por Dios. Es pecaminoso.
La ruptura generalizada y haciendo caso omiso de esta enseñanza tras la publicación de la encíclica Humanae Vitae fueron sintomáticos. La mentalidad secular dice que los seres humanos, en lugar de Dios, son la medida de todas las cosas. El bien y el mal se determinan sobre la base de lo que es más práctico en vez de en lo que es verdad. Esta visión del mundo  valora los resultados sobre la razón. Este humanismo secular radical ha  afectado incluso a muchos en la Iglesia. Muchos católicos han tratado de acomodar la enseñanza de la Iglesia a la sabiduría del mundo. Este intento de buscar un término medio es rendirse ante el error. Elimina la tensión necesaria que siempre va a existir entre el espíritu del Evangelio y el espíritu del mundo. El resultado es una “mentalidad anticonceptiva,” que arranca el control y el dominio de Dios y la pone en manos de los hombres y las mujeres. Esta mentalidad es contraria al evangelio y contraria a la religión. Con esta mentalidad la sal pierde su sabor (Mt.5: 13).
El Papa Pablo VI fue profético al reconocer  las graves consecuencias que se derivarían si los católicos y otros no tuvieran en cuenta a donde llevaría a la sociedad la aceptación del control artificial de la natalidad. La mentalidad anticonceptiva conduciría inevitablemente, dijo, “hacia la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad.” Sería desastroso para el matrimonio y la familia y daría lugar a la pérdida de respeto por las mujeres, “hasta el punto de considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como la respetada y amada compañera del hombre.”  Vio el peligro de los anticonceptivos que son empleados como una herramienta de gobierno para imponer su voluntad sobre su pueblo. ¿Quién diría que estas palabras proféticas no se han cumplido plenamente, incluso más allá de lo imaginado en 1968?
Muchos de los problemas de la familia y los males sociales se pueden vincular a esta mentalidad generalizada de anticonceptivos que separa el amor sexual por parte de su propio contexto en el plan divino para el matrimonio. Como consecuencia de la mentalidad anticonceptiva los divorcios,  el sexo premarital, la infidelidad conyugal, la actividad homosexual, los abortos y una serie de otros problemas subieron por las nubes. La pérdida de respeto por el plan de Dios para el matrimonio, por la dignidad de la sexualidad humana y el don de la vida han contribuido a la explosión de la pornografía como una industria multibillonaria. Le preparo el camino para el deslizamiento de la sociedad hacia la aceptación de la eutanasia, la experimentación con células madre embrionarias y finalmente con  la clonación humana. Hoy la Corte Suprema de los Estados Unidos está determinando si el matrimonio aún seguirá siendo reconocido y protegido como una unión exclusiva entre un hombre y una mujer.
Por más impopular que puede ser en algunos sectores, y en verdad difícil, la Iglesia no puede cambiar su enseñanza sobre la inmoralidad de la anti-concepción artificial. La Iglesia no crea la ley moral, sino que es solamente su guardián e intérprete. En última instancia, la anticoncepción es moralmente inaceptable porque es contraria al verdadero bien de la persona humana y el matrimonio como  está inscrito en nuestra naturaleza humana.
  Los católicos que se esfuerzan por vivir de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, encuentran la asistencia divina mediante el recurso a los sacramentos, especialmente el sacramento de la Penitencia y la Eucaristía. Sacamos la fortaleza de la gracia de Dios mediante la oración y el cultivo de la virtud, particularmente la virtud de la castidad.
Un regalo inestimable también está disponible a través de los métodos científicamente probados de la Planificación Familiar Natural, PFN (NFP por sus siglas en ingles). PFN  es un beneficio para las parejas casadas, ya que se puede utilizar para ayudarles, ya sea para lograr o evitar un embarazo. (Incluso la Federación Internacional de Planificación Familiar conocida en Estados Unidos como Planned Parenthood,  reconoce que cuando se usa correctamente la PFN tiene una eficacia de 95-99.6% para evitar el embarazo.) Los métodos naturales de planificación familiar son medios sanos,  confiables,  económicos  y fáciles de enseñar que permiten a las parejas a cooperar con Dios y unos con otros en distanciar los embarazos de manera que en realidad fortalece su relación. Se trata de compartir la toma de decisiones y la responsabilidad compartida. Fomenta la comunicación y la auto-disciplina. Las parejas que utilizan regularmente la PFN raramente se divorcian. ¡Solidariza en vez de socavar a  los matrimonios! Comparemos estos frutos al daño previsto que el Papa Pablo VI vio venir a raíz de la aceptación generalizada de la anticoncepción.
Entonces, ¿qué hay de malo con la anticoncepción? Un árbol se juzga por sus frutos.