Amada Madre de los Marginados

Santa Patrona de Hawái

Por Pedro A. Moreno, O.P.
Director, Oficina del Ministerio Hispano

El 9 de agosto de 1918, fue un día nublado, triste y lluvioso en Kalaupapa, Hawái. El ambiente sombrío, como si la propia naturaleza ya estuviera de luto, junto con la suave lluvia fueron testigos de los últimos suspiros de esta inmigrante tan dedicada.

Una santa mujer totalmente consagrada a Dios estaba llegando al final de su existencia terrenal. Tenía ya 80 años y estaba muriendo a más de 7,400 millas de su lugar de nacimiento, Heppenheim, Alemania.

En este lecho se encontraba, ya próximo a morir, la Hermana Mariana Cope, una Hermana Franciscana.

Su vida fue de dedicación amorosa. Permítanme compartir algunos detalles de su humilde comienzo y espero que esto pueda ayudar en nuestra apreciación de su vida y los regalos a la Iglesia.

Un poco más de un año después de su nacimiento, sus padres Peter Koob y Barbara Witzenbacher decidieron llevar a toda la familia a Estados Unidos. (Aquí en los EE.UU. el apellido se convirtió en Cope.)
Esta devota familia católica inmigrante se estableció en Utica, Nueva York, y se hicieron miembros de la Iglesia Católica local de San José.

Muchos años después, al terminar la secundaria, el papa de Mariana quedó incapacitado y no pudo seguir trabajando. Mariana, siendo la hija mayor, inmediatamente comenzó a trabajar a tiempo completo en una fábrica de textiles para el bien de la familia. Esto es dedicación.

Poco después el padre se convirtió en ciudadano de los Estados Unidos, y, según las leyes en aquel momento, toda la familia adquiría ahora el mismo estatus legal que el papá, ciudadanos estadounidenses.

Poco después de haber cumplido 24 años, su padre falleció. Este momento triste coincidió con el tiempo en que sus hermanos y hermanas más jóvenes ahora pudieran sostenerse y cuidar de mamá y su hogar. Ahora, Mariana podía seguir el camino de su verdadera vocación, la vida religiosa. Entró en la comunidad de las Hermanas Franciscanas de Siracusa, Nueva York.

Aunque verdaderamente creía que Dios la estaba llamando a la vida religiosa desde más joven, ella esperó pacientemente el momento apropiado para responder a ese llamado de Dios. Esto es dedicación.

Su comunidad reconoció sus talentos y la orientó por el camino de la educación. Fue asignada como profesora al principio, pero poco tiempo después, debido a su fructífera dedicación, fue colocada en la posición de directora de la escuela. Siete años más tarde la comunidad le dio un nuevo desafío como administradora en el hospital local de San José. Una vez más, se destacó a través de su arduo trabajo y dedicación. No importa dónde la colocaran, ella brillaba como fiel discípula de Cristo, trabajando fielmente y con amor por aquellos excluidos y marginados a quien ella servía. 

La comunidad de las Hermanas Franciscanas quedó tan impresionada con el arduo trabajo y la dedicación de Mariana que la eligieron como su Superiora Provincial en 1877 y de nuevo en 1881. Todas fueron testigos de su dedicación.
Mientras servía en su segundo período como superiora provincial, recibió una carta de un sacerdote en nombre del rey Kalakahua del reino de Hawái. Estaba pidiendo que lo ayudaran con los enfermos y con los niños de su reino. Ella inmediatamente dijo que sí y partió hacia Hawái con un pequeño grupo de hermanas.

Tan pronto como pudieron, las hermanas, encabezadas por Mariana, establecieron un hospital y escuelas para las muchachas del reino. Hacia 1885, incluso había establecido un hogar para los hijos e hijas de los pacientes de lepra, y en 1888, se había ido con otras dos hermanas para ayudar al Padre Damián de Veuster, SS.CC., en Molokai con la colonia de leprosos. Una vez más, Mariana se distinguió con su amorosa dedicación.

Más de treinta años después de su llegada a Hawái, nunca regresando a Nueva York y la Casa Madre, y nunca habiendo contraído lepra, esta mujer tan dedicada a Dios y Su pueblo respiro por última vez.  Ese viernes Mariana comenzó su eterno descanso de una larga vida de dedicación amorosa.

Santa Mariana Cope, amada madre de los marginados, ruega por nosotros.