Peruanos tallan Vía Crucis para parroquia de Las Vegas

Por Barbara J. Fraser 
Catholic News Service
 
HUARAZ, Perú -- Un Poncio Pilato con cara sombría mira a lo lejos mientras Jesús, amarrado con una soga, está parado a su lado cabeza abajo. Jesús voltea su cara torturada hacia el cielo mientras cae por primera vez bajo el peso de una cruz de piedra.

María pone su mano en el brazo de Jesús, como suplicando, y él la mira con compasión pero mira hacia adelante con una mano abierta hacia lo que le espera en el futuro. El camino hacia el Calvario continúa y finalmente una lágrima blanca brilla en el ojo de María mientras sostiene el cuerpo quebrado de su hijo.
 
Cinco jóvenes peruanos talladores de la piedra han pasado un año dándole forma a las estaciones del Vía Crucis a tamaño real usando bloques de mármol italiano de seis pies de alto para una parroquia en Estados Unidos.
 
Las figuras, que fueron puestas en exhibición el 8 de abril en la catedral de esta ciudad andina, en su momento serán enviadas a Las Vegas para convertirse en parte de un jardín de oración en la iglesia católica Holy Spirit, la parroquia más nueva de la Diócesis de Las Vegas, que se espera esté terminada a principios del 2018.
 
"Cuando vimos por primera vez (la talla de) el cuerpo de Jesús colocado en (los) brazos de María, su madre, nos hizo llorar", dijo padre William Kenny, pastor de Holy Spirit. "Nos quedamos sin palabras. Fue tan potente".
 
Él, el arquitecto de la iglesia, un diácono y las esposas de los dos laicos viajaron a Perú para conocer a los artistas, quienes también estaban haciendo el altar, el púlpito y la pila bautismal de la parroquia.
 
Los talladores de la piedra son miembros de Artesanos Don Bosco, un programa de escuelas y cooperativas fundado por el padre salesiano Ugo de Censi durante la década de 1970 en una villa al pie de la nevada Cordillera Blanca en el centro de Perú.
 
Padre Kenny y sus acompañantes visitaron los talleres y las escuelas de internado del programa, viviendo con los estudiantes y los voluntarios, en su mayoría italianos, que apoyan el programa.
 
"Es como una comunidad religiosa", dijo padre Kenny. "Muchos (de los estudiantes y artesanos) vienen de situaciones muy pobres y tienen fuertes vidas espirituales".
 
Para Antonio Tafur, de 33 años, quien diseñó todas las figuras y talló tres de ellas, darle forma al Vía Crucis ha sido una labor de arte y oración.
 
"Me gusta pensar en cómo hubiera sido Jesús", él dijo observando el agonizante rostro mirando hacia arriba de la figura del Jesús caído. "Hay pasión, hay amor, hay misericordia".
 
Mientras Jesús le grita a su padre también hay un sentido de abandono, emoción que Tafur también ha conocido. Sus padres se separaron cuando él era joven y él pasó sus primeros años viviendo con su madre, quien trabajaba largas horas para sustentar a su familia.
 
Ya cuando era adolescente, él estaba en un camino peligroso compartido por muchos jóvenes en los vecindarios de bajo ingreso de Lima, la expansiva capital de Perú.
 
"Estuve en Lima haciendo tonterías", él dijo, "a veces faltando el colegio, saliendo a fiestas".
 
Cuando él tenía 13 años, su padre se lo llevó a pasar dos meses en su pueblo de Chacas, cerca de Huaraz, donde Tafur se unió al "oratorio" Don Bosco, un grupo de jóvenes que se reunía para orar, reflexionar y ayudar a los demás. Aunque eran pobres, aprendieron a encontrar alegría sirviéndole a los que necesitaban más que ellos, él dijo.
 
En vez de regresar a Lima, él fue invitado a entrar en la escuela Artesanos Don Bosco, donde aprendió su oficio junto con matemáticas, literatura y otras materias académicas.
 
Durante los fines de semana él y sus compañeros de clase ayudaban a los ancianos de la villa cortando leña, atendiéndoles sus sembrados o reparando sus casas.
 
Eso es parte del ritmo de oración, estudio, trabajo y descanso característico de la vida en las escuelas, que llegan a ser como familias para los estudiantes, dijo Darío Chiminelli, voluntario italiano de 43 años, que dirige la escuela y los talleres en una villa justo fuera del pueblo de Huaraz, en la región central Ancash de Perú.
 
Cada estudiante escoge una especialidad -- carpintería, talla de piedra, mosaicos, arte en vidrio, tejido o pintura -- y recibe en su graduación un conjunto de herramientas profesionales. Algunos salen a trabajar por su cuenta mientras que otros, como Tafur, se unen a una de las cooperativas que operan en las zonas rurales de Perú.
 
La visión de padre Censi para los Artesanos Don Bosco era capacitar a los jóvenes para ganarse la vida en sus villas, cerca de sus familias, en vez de migrar hacia Lima o a otras ciudades grandes para buscar trabajo, dijo Chiminelli.
 
En Italia, él y otros voluntarios hacían trabajo variado y reciclaban artículos descartados para ganar dinero para el trabajo de extensión del programa en Perú y para programas en Brasil, Bolivia y Ecuador. Un grupo similar se formó en Baltimore.
 
Los voluntarios que escogen servir en América del Sur reciben alojamiento y comida, pero no estipendio, y pagan sus propios gastos de viajes, él dijo. Todos los fondos que recaudan ayudan a los más necesitados.
 
"Cada lugar es como un eje", dijo padre Kenny acerca de los talleres que ha visitado, donde los residentes pobres locales también pueden recibir comida y otra ayuda.
 
"Es una comunidad espiritual completa", él dijo. "Parecen muy felices y obviamente todos tienen futuros brillantes en su profesión".