No olvides a los muertos

No te apartes de los que lloran, sufre con los que tienen pena. (Sir 7,34)

Por Pedro A. Moreno, O.P.,
Director, Oficina de Ministerio Hispano

En la reciente tragedia del Huracán Matthew el número de muertos en la nación de Haití sobrepasará los mil. Haití, uno de los países más pobres de América Latina y el caribe, se encuentra ante la triste y necesaria realidad de comenzar a enterrar a centenas y centenas muertos cada día en las próximas semanas.

Esta obra de misericordia tiene profundas raíces en las Sagradas Escrituras.

 

“Hijo mío, derrama lágrimas por un muerto y entona la lamentación que expresará tu dolor. Luego, entierra su cuerpo como se debe, no descuides nada referente a su sepultura. Gime amargamente, golpéate el pecho, haz el velorio como conviene por uno o dos días para marcar la separación, luego consuélate de tu tristeza. Porque la tristeza lleva a la muerte, y la pena interior consume las energías.”

“Que la tristeza se acabe con los funerales: no puedes vivir siempre afligido. ¡No abandones tu corazón a la tristeza, échala y piensa en tu propio fin! No lo olvides: es sin vuelta. Tú te perjudicarías y no le harías ningún bien. Acuérdate de mí sentencia que un día podrás repetir: ¡ayer fui yo, hoy serás tú! Desde el momento en que el muerto reposa, haz que también repose su recuerdo; consuélate desde el momento en que haya expirado”. (Sir 38, 16 al 23)

Y también en Tobías 1, 16, la más probable fuente de la predicación de Jesús en Mateo 25, encontramos el enterrar a los muertos entre otras obras de caridad y misericordia:

“Daba mi pan a los que tenían hambre y ropa a los que andaban desnudos. Cuando veía que los cadáveres de mis compatriotas eran lanzados por encima de las murallas de Nínive, yo los enterraba”.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos exhorta a mostrar nuestro respeto por los muertos pues sus cuerpos una vez fueron mucho más que una mera realidad física cuando nos dice:

2300 Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cf Tb 1, 16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo.

Más tarde en esta misma sección del catecismo se menciona también que la Iglesia permite la incineración de cadáveres, cremación, cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo.

La muerte, fin de la vida biológica y separación temporera del cuerpo de su alma, es un paso que a muchas personas le provoca un de miedo o incomodidad. Al mirar este momento con los ojos de la fe y a la luz del amor misericordioso de Dios y nuestro Cristo Resucitado sabemos que todos somos inmortales y viviremos para siempre. La vida eterna nos es asegurada, como viviremos en la eternidad depende de nuestra decisión en aceptar la vida y el amor de Cristo.

La muerte física del cuerpo no es la muerte del alma y nosotros somos ambos, la persona humana es cuerpo y alma. La separación temporera del cuerpo físico del alma inmortal termina cuando, como Cristo, nosotros resucitemos con un cuerpo glorificado al fin de los tiempos. El entierro es la obra de consoladora misericordia donde comienza la esperanzada espera de la llegada de ese día glorioso de la vuelta de Cristo.

“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva… Esta es la morada de Dios con los hombres; él habitará en medio de ellos… Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena…” (Apoc 21, 1 y 4)

Unámonos en oración por todos los difuntos, en especial, los muertos por el huracán Matthew.