Estuve en la cárcel y me fueron a ver

“Cuando lo hicieron con uno de los más pequeños de mis hermanos, me lo hicieron a mí”. (Mateo 25, 35-36 y 40) 

Por Pedro A. Moreno, OP, MRE
Director, Oficina de Ministerio Hispano

Los encarcelados están en peligro de perder su fe y su esperanza. Al llegar a ellos en un amoroso ministerio en las prisiones no sólo estamos practicando una obra de misericordia corporal, también estamos ayudándoles en aferrarse al misericordioso amor de Cristo. Él puede ayudar a transformar su dolor y sufrimiento a través de la fe y la esperanza que les testimoniamos cuando los visitamos.

La ruta a esta transformación requiere el anuncio del amor de Dios y asegurándoles que este amor es una constante sin fin en todas nuestras vidas. Los encarcelados tienen que escuchar este mensaje una y otra vez y cuando lo hacen su fe y la esperanza se reavive y su sufrimiento comienza a transformarse.

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Spe Salvi” nos habla de esta transformación y ahí también comparte con nosotros los escritos del mártir vietnamita Pablo Le-Bao-Tinh. He aquí la parte a que me refiero: “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.”

“En este contexto, quisiera citar algunas frases de una carta del mártir vietnamita Pablo Le-Bao-Thin en las que resalta esta transformación del sufrimiento mediante la fuerza de la esperanza que proviene de la fe.

“Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor de Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza.

Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia. En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo. ... ¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre los querubines y serafines?

¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor. Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles. ... Queridos hermanos al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. ...

Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón”.

Ésta es una carta ‘desde el infierno’. Se expresa todo el horror de un campo de concentración en el cual, a los tormentos por parte de los tiranos, se añade el desencadenarse del mal en las víctimas mismas que, de este modo, se convierten incluso en nuevos instrumentos de la crueldad de los torturadores. Es una carta desde el ‘infierno’, pero en ella se hace realidad la exclamación del Salmo: ‘Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro ... Si digo: ‘Que al menos la tiniebla me encubra...’', ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día”.

El Papa Benedicto termina esta sección de su encíclica al recordarnos que: Cristo ha descendido al ‘infierno’ y así está cerca de quien ha sido arrojado allí, transformando por medio de Él las tinieblas en luz. El sufrimiento y los tormentos son terribles y casi insoportables. Sin embargo, ha surgido la estrella de la esperanza, el ancla del corazón llega hasta el trono de Dios. No se desata el mal en el hombre, sino que vence la luz: el sufrimiento – sin dejar de ser sufrimiento – se convierte a pesar de todo en canto de alabanza.

Hermanos y hermanas en Cristo les invito a considerar el ofrecerse como voluntarios para el ministerio en las prisiones en la arquidiócesis. Muchos hermanos y hermanas nuestras necesitan de personas de la comunidad que vayan a recordarles que el amor y la misericordia de Cristo esta con ellos siempre y nunca los abandonaran. Ni ahora, ni mañana.