Hacia una persona con un nuevo yo

La paciencia con nuestros defectos

Una de las convicciones que nos transmiten los autores espirituales (escritores, santos, místicos) es que quien quiera participar honrosamente en la Victoria de Cristo, debe participar en sus batallas y compartir sus sacrificios.

 La gente que se ama y que quiere ser verdadero discípulo, tiene mejores herramientas para manejar aspectos difíciles de la vida. Tener mejores herramientas no significa “más fácil”.

Ser discípulo y entrar al Reino es un “camino difícil y angosto” (Mt 7,14). Tenemos como tarea la de desarrollar la virtud de la paciencia, con nuestros propios defectos y con los ajenos.

Una de las señales cotidianas que nos recuerdan la ruptura original es la experiencia de aquellas inmadureces, limitaciones en la personalidad, cultura, incluso a veces rasgos genéticos, de lo que nos resulta desagradable, hiriente, molesto, y hasta inaceptable en nuestro prójimo.

Nos cuesta soportar los defectos de los demás. O lo que nosotros, “desde nuestro ombligo” (egocentrismo), calificamos subjetivamente de “defecto”.

La práctica de esta Obra de Misericordia parte de una experiencia de dolor, en la que la convivencia humana a veces tiene el peso de una cruz y nos empuja forzadamente a someter a prueba los límites de nuestro autocontrol.

Nuestro Señor experimentó exactamente lo que estamos describiendo: “Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros y os he de soportar? (Lc 9, 41).

El ego de Jesús -- su identidad humana mientras estuvo en este Mundo -- era sano y maduro. Por eso su definición como “Cordero de Dios” también tenía una manifestación maravillosa en su humanidad. Mientras más “en Gracia” está una persona, más evidente para ella son las oscuridades y las luces que hay a su alrededor. Por esto, al mismo tiempo de tener la herramienta para vencer, más intolerable pueden ser las limitaciones personales y del prójimo.

Nuestro Señor fue forzado por la gente y por sus discípulos a conocer sus propios límites de paciencia y autocontrol. Pero hasta los corderos eventualmente pueden reaccionar con aspereza, alguna vez.

De las pocas veces en que vemos quejas del Maestro es la que hemos citado. Con ello tiene que aumentar la confianza en que somos comprendidos por él, así como perdonados y llenados de gracia para que, como él lo hizo, aun llegando a nuestros límites, no se enfríe nuestro amor y no desarrollemos conductas tóxicas.

La convivencia en general,  especialmente los lugares de trabajo, puede convertirse en un espacio tóxico si es que no hay comprensión de la naturaleza humana herida y no se vive una auténtica paciencia cristiana. Una forma sencilla de detectar esto, es observar cuan retraídos y a la defensiva estamos en nuestros espacios personales.

Ser discípulo no es algo romántico. Es una lucha cotidiana. Y esto es una exigencia mayor para quienes tienen la misma Fe y comparten la misma Misión, y muchas veces el mismo ambiente de trabajo.

Los espacios eclesiales como parroquias, movimientos,  y oficinas de servicios religiosos tienen la invitación y desafío más intenso para imitar al Maestro. Es la veracidad del Evangelio la que está en juego. No somos miembros de una empresa secular, sino de espacios organizados para el servicio del Reino.

Y es aquí donde se torna en exigencia más urgente la imitación de Jesús, como el Hombre Nuevo. Aquel que es herido por las limitaciones humanas pero que tiene un espíritu templado y un corazón lleno de amor ardiente.

La práctica de la tolerancia, la paciencia, el autocontrol, e incluso de un buen sentido de humor frente a lo que experimentamos como defecto de los demás, refleja las actitudes básicas que tenemos hacia nosotros mismos. Y esta actitud puede ser “carnal” o “espiritual”.

Pablo tuvo claridad de sus propios defectos y tuvo una mirada “radiográfica” sobre la gente que le tocó evangelizar. Su experiencia nos ayuda a manejar sanamente las heridas propias y ajenas.

  El  “cristiano carnal” (Gal 5,19-21) reacciona ante la vida de manera distorsionada. Por ejemplo el chisme, para destacar negativamente el defecto o la supuesta falta de alguien, es una de sus distorsiones que más intoxica la convivencia.

 El “cristiano carnal” tiene una nula o muy deficiente capacidad para compartir el camino paciente de Cristo. Ante cualquier cosa que le molesta de alguien, sea verdadera o imaginaria, se resiente, busca la venganza y desata una contienda.

Todos hemos de madurar para llegar a ser “cristianos espirituales” (Gal 5,22), es decir aquellos que se dejan conducir por Cristo “quien es paciente y humilde de corazón” (Mt 11,29) aquellos que en cristiana fraternidad se van “revistiendo del nuevo yo... como escogidos de Dios, santos y amados, que se revisten de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia; que se soportan y perdonan, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo los perdonó” (Col 3,5-12).