“Hemos sido hechos para la alegría”

Consolar al triste

Es muy sugerente que se espere que ayudemos a alguien a superar un momento de decepción, de vacío, de tiniebla emocional. Se asume que la tristeza es una experiencia inhumana. La tristeza, se piensa, no es aceptable como algo propio de la vida. Afirmar que hemos de combatir la tristeza es abiertamente decir:“Hemos sido hechos para la alegría”. Estamos hechos de felicidad.

Digamos que hay algunos tipos y grados extremos que podrían ser síntoma de una enfermedad síquica o de un estado espiritual grave. Y esto solo lo puede ayudar a resolver un médico, un psicólogo y un director espiritual bien entrenado.

 

Cuando hablamos de “consolar al triste” lo hacemos respecto de situaciones “normales”.

La eficacia de nuestra ayuda depende mucho del grado de comprensión y empatía que tengamos. Por esto tiene mucho sentido la exhortación de Pablo  en Romanos 12,15: “Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran”.

Es esencial para consolar el observarnos a nosotros mismos. Es importante informarnos sobre la causa de una tristeza. Entenderemos mejor y ayudaremos mejor al triste.

La tristeza indica qué cosa es importante para una persona. La tristeza nos habla de nosotros y de lo que son los que quisiéramos consolar.Nos informa cuál es el propósito que la vida tiene para alguien.

Puede suceder que alguien no entienda por qué se está triste si en general se tiene una vida buena.
Nuestro organismo es una fábrica procesadora de elementos bioquímicos. A veces hay desequilibrios de los que no estamos conscientes. A veces inconscientemente también “sentimos tristeza por nosotros mismos”.

Otras veces sabemos perfectamente las causas.

Un hecho en que vemos la humanidad verdadera y real de Jesucristo, es en la experiencia de la tristeza: “Entonces les dijo: Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte; quedaos aquí y velad conmigo” Mateo 26,38.Él sabía perfectamente la causa.

La tristeza siempre indica una experiencia de ruptura personal. Algo que produce alegría se ha roto o corre peligro de romperse. Jesús vivió esta experiencia tan intensamente que sudó sangre. Además sentirse solo y rodeado de cobardes, inmaduros y malagradecidos es algo que a cualquiera que ha intentado hacer el bien deprimiría. Recordar la tristeza de Jesús nos ayuda a ser diligentes en esta obra.

Al pasar haciendo el bien,  Cristo manifestó el rasgo esencial de su mensaje: el Evangelio es Alegría, porque es Esperanza. Las tinieblas que vive hoy la Tierra necesitan de Él.

La alegría nace de ver la luz en medio de una tiniebla. Por eso, consolar al triste es una declaración de nuestra Fe en Jesucristo y en su Mensaje liberador.

Necesitamos comprender de dónde viene nuestra tristeza y de dónde la tristeza de alguien. De esta manera organizaremos la ayuda apropiada y eficaz.

La tristeza, dijimos, puede tener distintas explicaciones. Desde algo orgánico, pasando por decepciones y pérdidas hasta una situación de pecado que ocupe el espacio que debe ocupar la Gracia y sus efectos sanadores.

En mi visita a los presos de una cárcel ha sido un inmenso testimonio ver cómo algunos se mantienen sinceramente alegres. Una de las claves es que aceptan lo que les ocurre, entendiéndolo como la consecuencia de una conducta en que no deben perseverar. Una de las maneras de reforzar ése buen ánimo es recordándoles que está en nuestras manos salir mejores y no peores y que aún en ésa situación opresiva se puede descubrir lo que a Jesús le mantuvo firme frente a la adversidad: La vida tiene un propósito verdadero que nos permite apostar por la alegría.

Por todo ello ayudar o acompañar a alguien en la tristeza es comprender la profundidad del Plan de Dios al crearnos y al envíar al Redentor.

En este proceso nosotros ayudamos a comprender el correcto sentido de un dolor, a valorar con equilibrio y empatía las posibles causas de la ruptura emocional o existencial que se está experimentando. Pero también la salida.

Pero más allá de estrategias humanas recordemos que siempre la principal Obra de Misericordia, la más profunda, perdurable y eficaz es ayudar a un prójimo a recibir en el propio corazón la compañía del Maestro. El, en el momento más intenso de su propia tristeza pidió compañía. Él sabe el valor que esta acción tiene.

Es esta la  Fe que expresa el Papa Francisco cuando afirma en su primera exhortación “EvangeliumGaudium”:

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”

Lo que me hace recordar también una canción que dice “Yo creo en Dios que canta y que la vida hace cantar”.