Aconseja al dudoso: La segunda obra de misericordia espiritual

Por Álvaro Marfull-Melendez
Director Asociado, Ministerio Hispano

Muchos han sentido la satisfacción de haber ayudado a alguien. En la historia de la salvación encontramos ejemplos de soluciones importantes gracias a que se recibió un buen consejo. Por ejemplo, el rey Ezequías evitó la destrucción de Jerusalén al haber pedido consejo a Isaías (2 Reyes 19).

Hay necesidad de consejo y de buenos consejeros. El buen consejo ayuda a definir “lo que hay que hacer”.

Algunas pistas para dar buen consejo:
• El principio más elemental cuando aconsejamos es ayudar al otro a que se oriente con seguridad hacia el bien y a evitar el mal. El consejo no puede contradecir nuestro discipulado cristiano. Es necesario pedir la asistencia divina. Recordemos que esta acción implica el ejercicio del don del Espíritu, de consejo.

• Dice el refrán “Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. La honestidad en el consejo exige aclarar que el bien que se busca está más allá del “principio del placer”. El buen consejo no busca satisfacer un gusto personal propio o ajeno.

• El buen consejo no contradice la propia conciencia ni manipula la ajena. Cuando alguien pide consejo es que quiere encontrar luces, pistas para entender y resolver eficazmente un desafío. Es un deber respetar las decisiones de quien es aconsejado. El Evangelio es liberador: los buenos consejos procuran hacer a las personas más libres, no más dependientes (Mc 10,17).

• Es necesario practicar la humildad y la prudencia. Uno debe evitar las actitudes de “gurú” o de “consejero mágico”.

• Por el deseo de ayudar uno quisiera tener una opinión sobre casi cualquier cosa. Pero hay que evaluar la materia de que se trate: es muy distinto aconsejar sobre una marca de carro, a dar un consejo sobre un tema vocacional que determinará decisiones que marcarán para toda la vida. Posiblemente el mejor consejo es referir la persona que busca consejo a alguien mejor preparado. Ni es malo ni vergonzoso el aceptar tus limitaciones.

Aconsejar es algo que se debe aprender. Formarse, por ejemplo estudiando Las Reglas de Discernimiento de San Ignacio.  Pero la buena vida diaria de un católico nos va enseñado una sabiduría. Valoremos las experiencias que nos han permitido crecer y desde aquí con tranquilidad de conciencia, compartamos serenamente nuestra manera de ver las cosas.

La buena intención no es suficiente. Un psicólogo nos dice:
• Ofrece información sobre las opciones. Evita creer que sabes más que el aconsejado. “Mientras que tú puedes tener gran expertise sobre un tema, la persona que toma la decisión tiene más experiencia sobre la decisión en específico”. 
•  Ayudar a pensar sobre el problema. “Algunas veces, tener un ‘impacto positivo’ involucra la elección deliberada de no persuadir”.

Hay una frase que me ha ayudado a descifrar situaciones propias: “El gran problema en la comunicación es que escuchamos para responder y no para entender”.

Lograr empatía, “sentir como el otro siente”, por unos instantes, antes de hablar, permite que unas sencillas palabras, a partir de lo que nosotros con honestidad entendemos, se transformen en una iluminación efectiva para un hijo, un amigo, un compañero de trabajo, y hasta para un desconocido.

Nuestra Señora del Buen Consejo, ayúdanos aconsejar con amor.