Dar de beber al sediento: Segunda Obra de Misericordia corporal

Por Pedro A. Moreno, O.P., MRE
Director, Oficina de Ministerio Hispano

 “Tengo sed” Juan 19:28

  Cuando cada Viernes Santo tengo la oportunidad de dar el sermón de las Siete Palabras me lleno de entusiasmo con esta cita del Evangelio según San Juan que es la quinta palabra. Hay tantas avenidas de por dónde llevar esta meditación pero nunca se me había ocurrido el de conectarla a las Obras de Misericordia Corporales.  En este Año Santo de la Misericordia tenemos que hacer la conexión. 

 En la Bula del Papa Francisco, donde anunció este año tan especial,  nos dijo lo siguiente:

 “Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza. … La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos” (Misericordiae Vultus 15)

 Uno de los lugares principales de donde surge el listado de las Obras de Misericordia las encontramos en el Evangelio según San Mateo capítulo 25:

 “Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver".

 Después de definir las obras de misericordia como acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales, el Catecismo de la Iglesia Católica nos recalca lo siguiente en el párrafo 2448:

 “… la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos”.

 Nos conmueve el ver personas pasando necesidades o sufriendo por carecer de algo básico. Un elemento esencial que nunca nos debe faltar es el agua.  Carecer de ella es camino a la muerte. 

En la biblia el tener sed es, además de una necesidad física, signo de la necesidad de Dios. El Salmo 63 lo expresa de la siguiente manera:

 “Oh Dios, tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua”.

 El agua que nos sacia de la sed viene entonces a simbolizar a Dios mismo y el encontrar agua es signo de ser bendecido y escogido por Dios para vivir en Él y lleno de su presencia.

 Los ríos de agua viva, signo de Dios, nos llena nuestro ser total en nuestro santo Bautismo, cuando se nos sació de una sed que ni siquiera sabíamos que teníamos, la sed del Dios Vivo.

 El Papa Francisco nos hace un llamado a cuidar de este precioso líquido para que nunca nos falte aquello que sana y refresca al sediento en su más reciente encíclica “Laudato Sí”.

 “Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable. Esa deuda se salda en parte con más aportes económicos para proveer de agua limpia y saneamiento a los pueblos más pobres. Pero se advierte un derroche de agua no sólo en países desarrollados, sino también en aquellos menos desarrollados que poseen grandes reservas. Esto muestra que el problema del agua es en parte una cuestión educativa y cultural, porque no hay conciencia de la gravedad de estas conductas en un contexto de gran inequidad”.

 Demos de beber al sediento. Es Jesús mismo a quien estás ayudando. Ayudemos de manera especial a todos aquellos que tienen sed de Dios, del Dios vivo.