Enseñar discipulado: La primera obra de misericordia espiritual

Por Alvaro Marfull-Melendez
Director asociado, Ministerio Hispano

Hemos de saber que toda “obra de misericordia” es al mismo tiempo “corporal y espiritual”. Esto es así porque el ser humano es una unidad indivisible de cuerpo y alma. El bien es para la persona completa. Todo lo que hacemos para el bien material del prójimo tiene incidencia directa sobre el bien espiritual y viceversa. Las diferencias son solo de énfasis entre lo “externo” y lo “interno”.

Con el fin de transmitir una doctrina, la Iglesia ha gustado de hacer enumeraciones simbólicas, por eso hace clasificaciones. Así tenemos siete “obras corporales” y siete “espirituales”.

Recordemos las obras espirituales: Enseñar, aconsejar, corregir, perdonar, consolar, ser paciente, y rezar por vivos y muertos. ¿Pero las obras de misericordia espiritual son solo esas? Podríamos encontrar decenas de otras. Por ejemplo, superar prejuicios culturales o mejorar nuestra ética e integridad.

Cuando uno enseña algo bueno, da un buen consejo, corrige una equivocación, perdona, consuela, es paciente o reza por otros, está haciendo lo que hizo Jesús: está mejorando la vida del prójimo y la propia. Estas son semillas destinadas a preparar un jardín espiritual para que el Señor entre y repose en la vida de un hermano o hermana.

La Iglesia existe para hacer discípulos, para reproducir la imagen de Jesucristo en los hombres y mujeres de todos los tiempos y edades, permitiendo que cada uno tenga un encuentro consciente con Él. Esto es más que una formación intelectual.

 En la lista tradicional la primera obra espiritual es “enseñar”. Hemos de enseñar que tenemos un propósito en la vida. Todas las obras de misericordia, especialmente las espirituales, se funden o se reúnen en una sola: “Hacer discípulos”.

El mayor bien, el de más perdurable efecto, que uno puede darle a alguien, es presentarle al Señor y a su Evangelio para que estos sean conocidos, amados y así gobiernen la vida de quien los reciba: Que Cristo se convierta en maestro, salvador, médico y amigo personal.

Este es el énfasis pastoral de nuestra arquidiócesis. En la entrada principal del Centro pastoral hay un imponente monolito que sostiene una cruz. En su base están las palabras de Jesús de Mateo 28, 19 ss: “Vayan, hagan discípulos….enséñenles”. Podríamos hacer una lista de más de 100 “mandamientos” dados por Jesús (por ejemplo Mt 10,8).

La Iglesia está en un momento profético, se ha dado cuenta que la práctica catequética debe retomar su sentido de anuncio alegre. Nos conduce hacia Cristo vivo y liberador – a formar discípulos.

 Este recorrido es un tesoro que puesto frente a Cristo debemos saber compartir.

Lo que enseñemos  “al que no sabe”, cierto, serán cosas que les ayuden a resolver una necesidad, tan sencilla como dar correctamente una dirección o explicación de cómo usar una herramienta. Pero para hacer bien esta obra de misericordia, nos servirá recordar aquellos momentos que nos enseñaron a vivir y a amar mejor.

También hay que estar preparados para compartir con otra alguna enseñanza de nuestra propia vida.

En nuestra historia personal hay fracasos que nos han enseñado mucho, y gracias a los cuales hemos madurado como personas y discípulos. Podemos ayudarle al prójimo a darse cuenta por sí mismo de lo que ha ocurrido también en sus vidas.