Al terminar el Sínodo encontramos paz, unidad y votos unánimes

Los profetas de malos augurios sorprendentemente callados

Por Pedro A. Moreno, OP
Director, Oficina de Ministerio Hispano

Antes de comenzar el Sínodo de la Familia los expertos dentro y fuera de la Iglesia hablaban de una supuesta crisis doctrinal y de grandes cambios en el futuro.

Se habló de guerras internas y de quien estaba en cual bando. Periódicos, revistas y libros destacaban una supuesta crisis doctrinal e incluso se llegó a hablar del fin del pontificado del Papa Francisco.

Me acuerdo de un pasaje de los evangelios cuando Jesús calma la tormenta. En la barca estaba Jesús dormido mientras la barca se tambaleaba en las olas. Ansiosos y asustados los apóstoles despertaron a Jesús. ¡Grave error! Por favor, nunca despierten al Señor cuando está tomando su siesta.

Jesús calmó la tormenta y les dio un pequeño regaño a sus apóstoles por haber dudado de su bienestar estando Él con ellos.

Al final de este sínodo las doctrinas siguen iguales y se ha puesto en alto el sacramento del matrimonio y la familia.

Existen buenas recomendaciones para que la Iglesia desarrolle una pastoral para los divorciados y para intentar prevenir tanto divorcio se compromete la Iglesia en ofrecer mejor preparación para los novios que buscan recibir el sacramento de matrimonio.


Quisiera dejarles una porción del discurso final del Papa Francisco al terminar el Sínodo de la Familia.

“Hemos visto, también a través de la riqueza de nuestra diversidad, que el desafío que tenemos ante nosotros es siempre el mismo: anunciar el Evangelio al hombre de hoy, defendiendo a la familia de todos los ataques ideológicos e individualistas.


Y, sin caer nunca en el peligro del relativismo o de demonizar a los otros, hemos tratado de abrazar plena y valientemente la bondad y la misericordia de Dios, que sobrepasa nuestros cálculos humanos y que no quiere más que «todos los hombres se salven» (1 Tm 2,4), para introducir y vivir este Sínodo en el contexto del Año Extraordinario de la Misericordia que la Iglesia está llamada a vivir.


Queridos Hermanos:

La experiencia del Sínodo también nos ha hecho comprender mejor que los verdaderos defensores de la doctrina no son los que defienden la letra sino el espíritu; no las ideas, sino el hombre; no las fórmulas sino la gratuidad del amor de Dios y de su perdón.

Esto no significa en modo alguno disminuir la importancia de las fórmulas, de las leyes y de los mandamientos divinos, sino exaltar la grandeza del verdadero Dios que no nos trata según nuestros méritos, ni tampoco conforme a nuestras obras, sino únicamente según la generosidad sin límites de su misericordia (cf. Rm 3,21-30; Sal 129; Lc 11,37-54). Significa superar las tentaciones constantes del hermano mayor (cf. Lc 15,25-32) y de los obreros celosos (cf. Mt 20,1-16).

Más aún, significa valorar más las leyes y los mandamientos, creados para el hombre y no al contrario (cf. Mc 2,27).

En este sentido, el arrepentimiento debido, las obras y los esfuerzos humanos adquieren un sentido más profundo, no como precio de la invendible salvación, realizada por Cristo en la cruz gratuitamente, sino como respuesta a Aquel que nos amó primero y nos salvó con el precio de su sangre inocente, cuando aún estábamos sin fuerzas (cf. Rm 5,6).

El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas sino proclamar la misericordia de Dios, de llamar a la conversión y de conducir a todos los hombres a la salvación del Señor (cf. Jn 12,44-50)”.